sábado, 24 de octubre de 2020

PATOCHADA

 Atribuía Platón a Sócrates  la cita “solo sé que no sé nada”. Y cada día que pasa, me vuelvo más socrático. Estoy convencido que no tengo ni idea  de muchísimas cosas. Y es bueno reconocerlo, porque, sensu contrario,  me convertiría en uno de esos indeseables “tolosabe”  que repatean por pazguatos y denterosos.

Reconozco  que durante años he cultivado una serie de conocimientos livianos que dan el pego pero que sirven para poco. Quizá para jugar al “trivial” y nada más. Es lo que yo denomino  “cultura basura”.  Fondo de saber que da el pego y el cante.  

Mis limitaciones son muchas pero  tengo un factor que intenta compensar ese déficit; la curiosidad. Gracias a ella  suelo preguntarme cosas insustanciales. Por ejemplo,  leía en un periódico el titular “La moción de censura  de Abascal pone en un brete a Casado”.

Ni Casado ni Abascal, y mucho menos la “moción de censura” llamaron mi atención, pero si  el “brete”. ¿Qué es un brete?. Encontré la respuesta a mi inquietud en el “increíble doctor Pol”, el televisivo veterinario de Michigan que tan ponto atiende el parto de una vaca o desparasita un cerdo vietnamita. El brete es una herramienta utilizada por los ganaderos  para inmovilizar a los animales. Se trata de una especie de empalizada que se va estrechando  hasta un punto en el que el vallado  impide, por presión, el avance de la res. Así, con el bicho controlado y paralizado se le puede explorar sin riesgo  de que cornee, cocee o muerda. De ahí la expresión popular de “estar o poner  en un brete”,  estar en una situación  de presión  y de inmovilización.  Como diría un buen amigo, de situarse  entre “la espalda y la pared”-. 

El show del médico de animales  que se emite en un canal  televisivo temático, -y del que ya he hablado en algún otro comentario-  me ha permitido ampliar  mi cultura  escombrera.  Jamás hubiera pensado que existieran herramientas y artilugios muy útiles y al tiempo extraños. Verdaderamente insospechados.  ¿Qué es un “puro”?. Seguramente, la inmensa mayoría contestaría que un puro es un cigarro. Un envoltorio de tabaco que se fuma y cuyos exponentes más afamados provienen de Cuba.

Afirmativo. Ahora bien, si cuando hablamos de “puro” vinculamos tal concepto a los caballos, ¿de qué hablamos?  Abascal seguro que lo sabe.  En el ámbito ganadero, especialmente en la cría  de reses, el “puro” también se denomina “arcial” y su imagen es la de un mango de madera con una  correa en el borde que se  retuerce en el labio superior de los equinos para posibilitar su inmovilización.  Con él se hace una especie de torniquete que, al contrario de lo que pudiéramos pensar, tiene una especie de función anestésica, sirviendo para calmar el brío  a los caballos encabritados.  Según los expertos, se les “tranquiliza” retorciéndoles el morro.  Su aplicación parece un tanto dolorosa, pero según el veterinario televisivo, los jamelgos no sufren. Al contrario, se serenan. Ya tranquilizaría yo a más de uno con un puro bien retorcido. 

Otro artefacto que he descubierto atendiendo a esa curiosidad inservible que me corroe   es el espéculo.  Del latín “speculum, espejo”, en medicina se denomina así a un instrumento utilizado para realizar exámenes o procedimientos diagnósticos y terapéuticos en cavidades corporales manteniendo abiertos sus orificios de entrada. El veterinario de la tele  echa mano del espéculo para mantener abierta la boca  de animales (caballos, cabras, perros)  y así  poder practicarles  curas o intervenciones  quirúrgicas en las cavidades  bucales  o en la garganta. 

No sé por qué, pero aquel trasto me cayó antipático. Mucho más al sexo femenino, pues la mayoría de las mujeres lo aborrecen, al padecer sufridamente su manipulación a cargo de médicos y matronas  en evaluaciones y exámenes ginecológicos. 

Si el espéculo parece un utensilio salido de una cámara de tortura, el siguiente  le acompaña  en la sala de los horrores. Se trata del emasculador. Se trata, simple y llanamente de un  cortahuevos. Una especie de tenazas  con las que  se castra a los machos de determinadas especies animales para evitar la producción de adrenalina y favorecer su amansamiento. Adrenalina y mucha testosterona la derrochada estos días pasados  en el circo madrileño.  Machos alfa  en plena berrea acusando a las mujeres de ser “floreros”  y lamentables intromisiones en la privacidad de la gente como si fuera un reality casposo. Todo ello, que paradoja,  en el mismo momento en el que se hacía pública la declaración más  importante del jefe de la Iglesia católica en relación a la homosexualidad  y su reconocimiento legal. El Papa progre  y los “cruzados”  españoles  en el integrismo  más rancio.  ,  

Mis inquietudes socráticas por ampliar mi exiguo conocimiento, se produjeron  durante  las sesiones  parlamentarias en las que la extrema derecha  española exhibió su destructiva ideología de fanatismo e intolerancia. Visto lo visto y oído lo oído, al iracundo alumno de Steve Bannon, le habría venido bien pasar por el brete  o probar el “puro” –no ya el emasculador- para serenar su carácter y amansarlo. 

La definición  de  estos dos días de bochorno fue “patochada”.  Según el diccionario  de la academia de la lengua, su significado es el de “disparate, despropósito, dicho necio o grosero”. Y eso, exactamente  es lo que ocurrió  en el Congreso de los diputados en la escena protagonizada por Santiago Abascal, el “Leónidas”  ultra de los espartanos de VOX,  que pretendió convertir el parlamento en una performance insidiosa, lamentable y estéril. Una burla democrática perfectamente definida  como “patochada” por el portavoz del Grupo Vasco, Aitor Esteban, quien nuevamente se convirtió en referencia obligada  como exponente de elocuencia y dignidad parlamentaria.

Patochada  con ribetes de irresponsabilidad.  Inconcebible en una situación de emergencia sanitaria y económica como la que padecemos. El espectáculo de gamberrismo político al que hemos asistido no tiene un pase. Y de lo poco positivo que podemos observar  del episodio delirante  transcurrido cabe resaltarse  la  respuesta de Casado a la opción de la derecha extrema. El “hasta aquí hemos llegado” sonó convincente pero  nos falta la certeza de comprobar que el corte dado por el PP a VOX es real y no solo  cortoplacista.  Habrá que esperar  para cerciorarnos  de que la derecha española rompe con la alternativa carpetovetónica y se sitúa en un nuevo escenario más acorde con el papel  de los conservadores y liberales europeos.  A esperar, pero escépticos. 

La reactivación de la pandemia en todo nuestro entorno -Europa entera vuelve a estar  atacada por una ola creciente de infecciones- debe obligarnos a actuar  con celeridad y energía. Los gobiernos, las administraciones públicas deben mostrarse eficaces a la hora de abordar medidas preventivas que impidan un colapso de los sistemas sanitarios. La relajación de las conductas sociales ha provocado el fortalecimiento de la enfermedad que día a día gana terreno  poniendo en riesgo la integridad y la vida de la ciudadanía. La situación no es ninguna broma y no hay tiempo que perder para volver a situar una barrera  protectora que impida el desbordamiento del virus. 

La cifra de contagios, la progresión de la contaminación comunitaria nos obliga, querámoslo o no a someternos a nuevas restricciones. Dolorosas medidas  que resultan imprescindibles aplicar  para ser eficaces y salvar vidas. Actuaciones excepcionales que el Gobierno vasco solicitó validar preventivamente -para evitar que un recurso  judicial paralizase su puesta en marcha.  

 La situación de emergencia aconsejaba actuar con seguridad y rapidez para intentar cortar la expansión de los focos de infección. Rapidez que no ha sido entendida por la administración de justicia que ha agotado su tiempo procedimental en una dilación difícilmente entendible. 

Por no hablar del fondo de sus conclusiones, en abierta contradicción con otros  pronunciamientos llevados a cabo por tribunales  análogos territorialmente. Dicen que la justicia debe ser ciega por equitativa. Lo que no puede ser es lenta.

Ante el pronunciamiento del TSJPV, el Gobierno vasco ha extremado su prudencia a la hora de establecer nuevas medidas  restrictivas que arrinconen a la propagación del virus.  Busca seguridad jurídica para aplicar sus propuestas.  Quizá sería más efectivo aplicarlas  coercitivamente. Pero, a tenor de la respuesta judicial obtenida, no parece apropiado hacerlo.  La prudencia también es un valor, aunque los de siempre, los que lo arreglan todo con ruedas de prensa, acusen a las autoridades de inacción o de actuar tarde. Responsabilidad propia, cero. Exigencia a los demás, toda.  Otra “patochada”.


sábado, 17 de octubre de 2020

"VERDE" CHILLÓN


Creo recordar que fue Luis María Anson  quien en una entrevista publicada hace una partida de años se reivindicó como militante monárquico. El hoy octogenario escritor conservador español  justificó su activismo  llevándolo a los años del régimen franquista en los que la adhesión a la causa borbónica  la expresaba sutilmente a través de su indumentaria. Anson reveló en aquella entrevista que su incondicional apoyo a “don Juan” (padre del “emérito”) se expresaba sibilinamente en la vestimenta que habitualmente portaba. 

¿Qué tenían de especial aquellos ropajes? Simplemente, el color. Eran trajes verdes. Horribles sí, pero verdes. ¿Por qué verdes?  Anson lo explicó; porque dicho color guardaba un mensaje oculto. Verde eran las iniciales de la afirmación “Viva El Rey De España”. 

Así que para él, ataviarse  como un guardia civil era el gesto subversivo de quien reclamaba la reinstauración borbónica. La verdad es que no veo yo a Anson actuando como un activista clandestino  frente a la brigada político social  o a los aparatos del régimen. Aquello que él contaba debía ser tan subliminal que ni los franquistas, con los que Anson convivía y hacía buenas migas,  lo supieron interpretar.

En todo caso, los monárquicos de aquella época debían ser  muy pocos y su presencia pública no emergió hasta que el “caudillo” determinó su sucesión. Con el retorno de la monarquía al Estado español de la mano  de Franco y su ulterior legitimación  constitucional sin testeo ciudadano, los pocos monárquicos que hasta entonces existían y quienes siendo republicanos  pactaron el marco de la carta magna,   se convirtieron al “juancarlismo”.

Durante años, el pacto de la transición  y el hecho de que el rey fuese la cabeza visible de las fuerzas armadas, encomendadas por la Constitución para salvaguardar la unidad “indisoluble” de España, permitió  una sobreprotección pública de la jefatura del Estado. Sin embargo, ni la opacidad generalizada construida en torno a la Zarzuela o la artificial imagen creada de un monarca “campechano” y “popular,  consiguió calar  mayoritariamente entre la gente.  Ni tan siquiera cuando el papel de Juan Carlos I fue reconvertido  a los ojos del gran público , presentándole como “salvador de la democracia” tras el golpe del 23-F.

Con el conocimiento de los desmanes e irregularidades en la familia real, los casos de corrupción y el levantamiento en parte del escudo periodístico  que protegía a los moradores de la Zarzuela, la crisis  monárquica se ha ido agudizando en los últimos años. La abdicación de Juan Carlos I y su posterior salida del territorio tras nuevos escándalos  conocidos, han llevado a la  institución monárquica  a un descrédito creciente, una sensación que no es nueva en el Estado español en lo que a su representación coronada se refiere.

Si las actitudes “irregulares” y sospechosas de corrupción minaron la reputación del hoy “emérito”, los errores políticos de su heredero llevan camino de profundizar la crisis de una institución cada vez más contestada.

La Constitución española del 78 que  incorporó la monarquía sin consulta popular, reserva al rey exclusivamente el papel de “árbitro”  en el funcionamiento de las instituciones del Estado.  Rol que, cuando menos,  el actual monarca vulneró en su pronunciamiento  del 3 de octubre de 2017 en relación al “procés de Catalunya”, y que  ha malinterpretado  recientemente  al dejar constancia de su malestar ante la decisión del gobierno de Pedro Sánchez  de evitar su presencia  en un acto protocolario  judicial en Barcelona. Ni arbitraje, ni moderación.

Felipe VI o sus asesores de la Casa Real  no acertaron  en ambas ocasiones desequilibrando el perfil de un  jefe de Estado  que como la mujer del césar no sólo  debería ser neutral en el ámbito político, sino también esforzarse en parecerlo.

Los dos errores cometidos hasta ahora llevan camino de  ser tres. En los últimos días estamos observando, en el enfangado escenario de la política española, un interés creciente por parte de los partidos de derechas –del PP y de VOX- por  vincular su estrategia de acoso al ejecutivo estatal con la apropiación  de la imagen del monarca y su supuesta defensa pública.  Esta patrimonialización de la jefatura del Estado convierte al rey en un fetiche, identificando su figura con los valores de unidad, españolidad y “orden” con los que se presentan públicamente Casado y Abascal.  Ese afán de identificación  y de apropiación de la institución pretende, de facto, monopolizar la imagen del rey.  Solo ellos –PP y VOX- defienden al rey.  Solo ellos  combaten  a quienes pretenden  derribarlo.  Esta asociación de ideas, de imágenes y de consignas no es nuevo. Los retratados en la foto de Colón  han utilizado la misma técnica excluyente con la Constitución o con tantos otros  elementos comunes.

El pasado jueves, el Congreso de los diputados votaba una moción presentada por los populares de Casado  que solicitaba la reprobación del vicepresidente Pablo Iglesias y el cese del ministro  Garzón.  La petición de censura se justificaba, según los proponentes, por los ataques a la corona  y las “groseras acusaciones” contra el jefe del Estado.

El texto de la iniciativa  que bien lo pudiera haber escrito , por su estilo barroco, el Anson que dirigió  de “ABC”, contenía citas apocalípticas tales como “la tala de las vigas maestras del Estado de Derecho y el asedio a la independencia de las instituciones han sido el pan de cada día de la vida pública española desde la investidura de un presidente del Gobierno que, tras su victoria democrática en las urnas, decidió libérrimamente echarse en brazos de todos los enemigos de la España Constitucional”.

La moción que recordaba la retórica  del infausto NODO, o las arengas  de aquel colectivo “Almendros”  que editorializaba en “El alcázar”, buscó, una vez más, identificar  a los “buenos patriotas” –defensores de Felipe VI- frente a los “malos españoles”  que “han declarado abiertamente la guerra contra la continuidad histórica de la nación española”.

Como cabía esperar, el disparate parlamentario salió derrotado en medio de un debate bronco, hilarante y poco estimulante.  Una vez más, perdió Casado y su PP, pero, en segunda derivada, la derrota  también afectó al jefe del Estado. Y he aquí su tercer error. Salvo  que  Felipe IV coincidiera con el sentir expresado por el PP, la  Casa real  debería haber evitado este ejercicio de confrontación. El propio rey o sus altos funcionarios deberían haber pedido respeto a su institución evitando  que unos la utilizaran contra otros. Deberían haber exhortado  a Casado que no utilizara el nombre del rey en vano recordándole que el papel  de la corona es el de representar a todos por igual y no solo a los le dan “vivas” en público. Pero Zarzuela, nuevamente  calló y dio pábulo a quienes instrumentalizaron  su silencio como un apoyo explícito.

Paralelamente, la fundación “Libres e iguales” , cuya cabeza visible en este momento es Cayetana Álvarez de Toledo, insertaba en redes sociales un video en el que 183 personajes de la sociedad española  se comprometían del lado de la monarquía dando vítores  a favor del rey de España en la conmemoración del 12 de octubre, fiesta “nacional”.  En el documento audiovisual coincidían figuras de la política (Rajoy, Casado, Arrimadas,  Abascal, García Page, Corcuera) ; de la cultura (Boadella, Plácido Domingo,  Vargas Llosa), de la comunicación (Jimenez Losantos,  Carlos Herrera, Hermans Terstch)  o personajes como Rivera Ordoñez, Belén Esteban o Joseba Arregi entre otros.  Rostros conocidos  y comprometidos  con una causa común; “'Viva el Rey', 'Viva la Constitución' y 'Viva España'”.  Salvando las distancias,  son los “ansones” de nuestro tiempo,  los exponentes del nuevo “VERDE”. Un “VERDE” chillón.

No seré yo quien les niegue legitimidad  o derecho a sentir o expresar  lo que libremente estimen. Las ideas, las creencias  se defienden  como expresión genuina  del convencimiento de cada cual. No como  ariete de confrontación ni con intención agredir a sentimientos ajenos.

Sin embargo, en ocasiones, y esta es una de ellas, da la sensación que  los vítores y las aleluyas  a la monarquía no son sino una instrumentalización  política  de quienes no admiten ni la diversidad, ni la pluralidad de un Estado  plural y diverso.  De ahí que  algunos creamos  que  tal estrategia, lejos de beneficiar al monarca y al régimen  constitucional que le ampara, los debilita  notablemente.  Desconozco si sus promotores son conscientes del efecto de su estrategia ya que  su grito de “Viva el rey” se está convirtiendo, por pura reacción, en un  “Jaque al rey”.