sábado, 15 de junio de 2019

CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

“Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”. La cita lapidaria es de Groucho Marx pero, a tenor de lo que estamos viendo en la política española podría ser de cualquier dirigente de los que al día de hoy capitanea las formaciones del patrioterismo rojigualdo. 

El campeón  de campeones en el “donde dije digo…” es Albert Rivera.  Sus pensamientos e ideas son más dinámicas que el dúo de Manolo y Ramón. Y con la misma cara imperturbable dice una cosa y la contraria con total solemnidad.  Dice y hace cosas diferentes. Lo acaba de demostrar nuevamente. El pasado jueves se anunciaba el principio de acuerdo alcanzado por su partido –Ciudadanos- y el PP para gobernar en Castilla León. El pacto inicial de las “derechas cobardes” garantizaba la presidencia de la comunidad para el PP y como contrapartida los naranjas recabarían las alcaldías de Burgos y Palencia, así como las diputaciones provinciales  burgalesa y segoviana. Sí, sí, la presidencia de las diputaciones provinciales. 

El partido naranja en su programa electoral de 2016  explicitaba  que "suprimiremos las diputaciones provinciales, garantizando unos mejores servicios públicos, más baratos y sin corrupción. Las diputaciones provinciales son entes de dudosa utilidad, escaso control democrático y foco de corrupción”. En consonancia con tal pronunciamiento, apenas hace tres meses –en marzo de este año-, el pimpollo ciudadano Rivera reiteraba con machaconería su propuesta de hacer eliminar los entes “provinciales” ya que, a su juicio, sólo servía como “espacio para los enchufados de los partidos”.

Hoy, los segundos en el escalafón de la foto de Colón, se encaraman a las diputaciones castellanas con gozo y algarabía. La misma que les hace compartir alianza con una derecha extrema de VOX allá donde sus votos resultan imprescindibles para conformar mayorías “patrióticas” (Andalucía, Madrid, Murcia…) No es cuestión de coherencia ni de valores. Es  “marxismo” puro.  “Si no le gustan mis principios, tengo otros”.  Así lo ha reconocido descarnadamente Francesc de Carreras, uno de los creadores del movimiento “Ciutadans” que alumbró el partido naranja.  En una carta abierta publicada por el diario “El País”  explota el escozor que siente una parte importante de la base reformista  del partido de Rivera. 

“No entiendo –indica Carreras- que ahora nos falles, Albert, que nos falle Cs, que el joven maduro y responsable se haya convertido en un adolescente caprichoso que da un giro estratégico de 180 grados y antepone supuestos intereses de partido a los intereses generales de España.”

Después de unos instantes de relajación tras el batacazo electoral de las generales, Pablo Casado ha recobrado su pulso una vez pasados los comicios locales y autonómicos. No es que los resultados le hayan ayudado a repensar su estrategia como consecuencia de  una desaceleración en su caída. La hipótesis de volver a gobernar en la comunidad madrileña ha espoleado al líder menguante del PP que ha vuelto a recuperar tono y altanería de radicalidad. Ahora es él, Casado, quien entona el “no es no” ante Sánchez si bien  su discurso más acerado lo ha vuelto a protagonizar su escudero fiel, Teodoro García Egea. "El PP no solo no va a facilitar una investidura de Pedro Sánchez, sino que vamos a dificultarla". 

Una cosa es que exista un desacuerdo, que no haya coincidencia y que se niegue el apoyo a una investidura como signo de diferencia, de protesta o alternativa. Pero de ahí, de no cooperar a “dificultar” la formación de un gobierno  como elemento de  obstrucción, de resistencia activa, va un largo trecho.  Tal pronunciamiento de política destructiva sólo la entendíamos en formaciones anti sistema o de máxima radicalidad. Nunca en organizaciones  de tradición democrática, Pero, más allá del exceso verbal del político ciezano encontramos la contrariedad  de los argumentos expresados por el propio Casado de cara a posibilitar una investidura gubernamental. 

Sus palabras se pronunciaron en julio de 2016  en una entrevista concedida en TVE. Por entonces, Pablo Casado era diputado y quien se presentaba a la elección era Mariano Rajoy. Esto es lo que decía  el líder menguante del PP solicitando una abstención “responsable” del entonces partido  de la oposición, el PSOE.  

"Me resigno a pensar que en España, la nación más vieja de Europa, la cuarta economía de la zona euro, no vamos a ser capaces de desbloquear una investidura. No hablo de un acuerdo de gobierno como en Alemania” "Imaginemos que el PSOE le saca cincuenta y dos escaños y dos millones y medio de votos al PP, ¿alguien podría entender que bloqueáramos la investidura del líder socialista?  Tendríamos manifestaciones en la puerta de nuestra sede. Por eso espero una abstención responsable del PSOE para facilitar la investidura del Mariano Rajoy.”

La hipótesis planteada por Casado en 2016 se hizo realidad en abril de este año. Los socialistas sacaron 123 diputados y casi siete millones y medio de votos. El PP quedó segundo, con 57 escaños menos y tres millones de votos de diferencia con los socialistas. Sin embargo, ahora el PP no valora una “abstención responsable” sino que abiertamente habla de “dificultar” la investidura. Los principios de Groucho Marx  se quedan pequeños ante tanta frivolidad. 

Unos y otros, los herederos de la Gürtel y sus primos de Rivera, han demostrado que son “patriotas” de boquilla, de bandera de pulsera y poco más. Apelan al futuro de España para deslegitimar a los “independentistas”, a los “nacionalistas”  y a quienes se oponen a una uniformidad impuesta. 

Denuncian  la falta de patriotismo de Sánchez pero son precisamente ellos los que, por abandono de sus responsabilidades para con su Estado, dan oportunidad y protagonismo a quienes jamás  hubieran/hubiéramos  pensado –y mucho menos deseado-  ser copartícipes  en la gobernabilidad de un país  que no sienten como suyo.  Pero  no tener vocación  ni voluntad de colaborar en la gobernabilidad de España no significa eludir la enorme responsabilidad de hacer lo posible para que los problemas  que nos sacuden a todos puedan ser abordados eficazmente en beneficio de la comunidad, de todos. 

Eso no significa  que los nacionalistas, los independentistas, -en nuestro caso el PNV- hayamos decidido ya apoyar a Sánchez en su investidura. Que no se equivoque nadie. Ni el propio PSOE.  Eso revela, simplemente, que nuestros principios –los nuestros-, en la defensa permanente de los intereses de la sociedad vasca y del autogobierno de nuestro país (Euskadi)  no vamos a renunciar nunca a ejercer nuestra responsabilidad allá donde  una parte de nuestro futuro esté en juego. En Madrid, en Bruselas o donde fuere. 

Nuestra cultura política, la de los nacionalistas vascos, mantiene firmemente arraigado el valor del diálogo y el acuerdo entre diferentes. Aunque en ocasiones los pactos no sean necesarios. Buena muestra de ello acontecerá a lo largo del día de hoy en los ayuntamientos vascos. Diálogo, colaboración, respeto a las mayorías. A todas. A las surgidas directamente en las urnas o a las sobrevenidas como consecuencia de acuerdos posteriores. Todas ellas son legítimas y expresan  un principio democrático  básico; que  sólo puede gobernar quien más respaldo de la ciudadanía  recibe.  

En lo que respecta a la política “madrileña”, algunos parecen obcecados en centrar el interés en el gobierno, en lugar de en  la gobernabilidad.  Hacer posible un gobierno, fructificar una investidura, una candidatura, es importante pero lo es, con mayor intensidad si cabe, garantizar la gobernabilidad, la acción de un ejecutivo, con su presupuesto, su programa y con las medidas sectoriales. 

Ese interés por el regate en corto, por la simulación aritmética de apoyos, alimenta el morbo  y el entretenimiento mediático. Sin embargo lo relevante, lo trascendente  está más allá de los guarismos necesarios para que Sánchez y el PSOE alcancen la investidura. 

La gobernabilidad en España sigue a la espera de acuerdos. El tacticismo, cimentado desde hace tiempo sigue siendo el peor aliciente  de una actividad política  desnaturalizada por los vetos, la judicialización  y la falta de compromiso suficiente para abordar los cambios legales  y jurídicos que posibiliten  dar salida a la profunda crisis institucional, territorial y de confianza  instalada en el Estado. Aguardamos la llegada de la política. En palabras de Oriol Junqueras, de la “buena política”. Confiamos en que el momento prospere. Es cuestión de principios.

sábado, 8 de junio de 2019

MUTUALISMO POLÍTICO VASCO

Quienes necesitamos entender por qué pasan las cosas,  precisamos argumentos razonados que clarifiquen  y den significado a lo que acontece.  Encontrar sentido  a las circunstancias. Tal vez por esa exigencia de comprender el significado de los comportamientos, su razón de ser  y practicidad, me aparté enseguida de las llamadas “ciencias exactas”.  Sumar, restar, multiplicar, dividir…tenían  un objeto práctico. Hasta las ecuaciones resultaban comprensibles. Como una historia de suspense con sus incógnitas,  sus datos ocultos y sorpresas. Ese planteamiento racional   de vincular la realidad con una secuencia de causa-efecto  se desvaneció  de repente con las derivadas, las integrales y los logaritmos neperianos. Es como si se me apagara la luz y la curiosidad por las matemáticas desapareció.

La curiosidad sí, es en gran medida el motor del conocimiento. Aunque no siempre lo aprendido sea valioso. Aunque parezca lo contrario. Es lo que yo denomino “cultura-basura”.  Por ejemplo, el origen de la palabra “metafísica” no proviene de Aristóteles sino del gestor de la gran biblioteca de Alejandría  que no sabiendo cómo catalogar  los estudios del filósofo griego  adjudicó tal mención (metafísica)  por la situación espacial  donde se encontraban los cuadernos  aristotélicos. Estaban situados  en la balda de arriba de donde se encontraban los estudios sobre la física, en una estantería superior. De ahí el término “ ta meta-ta fisika” que en griego antiguo viene a ser algo así como  “lo que está más allá, encima de la física”.  ¿Para que vale saber esto? Probablemente para nada. Para quedar como un panoli ante un auditorio amigos reunidos en torno a unas cervezas. Entretenimiento. Nada más. 

La biología no debe ser una ciencia tan exacta  como las matemáticas. Todo lo relativo con los bichos y su comportamiento excitaba mi curiosidad Hablaba de bichos y de su comportamiento. Desde  siempre  me cautivaron  aquellos seres  cuyo comportamiento social  tuviera algún paralelismo  con la actuación humana.  Me refiero a las criaturas  cuya relación entre especies  se desarrolla de forma asociativa, beneficiándose por ello una o las dos partes. A esta relación colaborativa se denomina “mutualismo”. 

El mutualismo entre especies puede comprenderse como una relación de trueque o canje biológico, en el que cada ejemplar  da y gana algo. Dependiendo de qué sea lo cedido y lo ganado, el vínculo  puede ser de apoyo mutuo, de simbiosis,  de comensalismo, depredación  o de  parasitismo. 

Las alianzas de cooperación son como una prestación  de servicios convenida. Es decir cuando las abejas liban el dulce néctar que les presentan las flores mientras, sin saberlo, se impregnan de polen que llevarán hasta otra planta propiciando el intercambio genético y la polinización vegetal. Otro caso  de mutualismo de colaboración es el de la flora bacteriana  y los humanos. En nuestros intestinos  hay un conjunto de bacterias que en lugar de infectarnos y hacernos enfermar, nos ayudan a descomponer la comida y a realizar la digestión. (Que aproveche).

La depredación es una relación en la que una parte gana y otra pierde.  En este caso, enseguida nos viene a la cabeza la imagen del león y la gacela. La conexión entre ambos animales  resulta evidente; uno se come al otro para sobrevivir.  Uno gana peso y el otro pierde la vida. Así de sencillo. 

Y para cerrar el círculo del mutualismo encontramos la interacción parásita. En ella, unos individuos viven, se alimentan y crecen a costa del otro causándole un daño  que puede ser letal pero que es paulatino, no inmediato  lo que hace que los “huéspedes”  puedan vivir durante largo tiempo a costa de los elementos parasitados. Destacan entre ellos  los hematófagos o chupasangres.  Aunque trasladado el símil a la vida real encontremos además  robaperas, aprobetxategis,  caraduras  y gorrones de diversa condición.

Planificar un futuro de colaboración, de beneficio mutuo o, por el contrario,  tratar de aprovecharse  a costa de los demás, es lo que en la política del momento toca  tras los resultados electorales  de generales, municipales y forales.  También, en estas circunstancias, es necesario subrayar  la gran diferencia que existe  entre Euskadi y el Estado. Por ser concretos, en el Estado, el PSOE de Sánchez  obtuvo un respaldo del 28% de la ciudadanía en los comicios generales. En la Comunidad Autónoma Vasca, el PNV fue apoyado por el 38% de los electores en las últimas votaciones locales y forales. Pues bien, en el Estado, Sánchez  se cuestiona gobernar en solitario, con acuerdos puntuales  con otras formaciones pero desde un ejecutivo  monocolor con aportaciones “independientes”. En Euskadi por el contrario,  el PNV habla abiertamente de pactos de coalición. De ejecutivos compartidos. Cultura política diferente. Sensibilidad plural  y colaborativa en nuestro caso  y concentración de poder  y ensimismamiento en el otro. 

La evidencia demuestra que en el Estado  no termina de cuajar  la percepción de que los tiempos han cambiado  y que  la responsabilidad compartida  a la hora de acometer  labores de gobierno es mucho mejor que el cálculo puntual  de “tanto necesito, tanto pago”. 

Los primeros indicios de la nueva legislatura en el Estado no auguran  nada nuevo en esa tesis. Sánchez y sus seguidores de Ferraz parecen haber asumido  que cualquier suma de escaños –o abstenciones- les es buena para resultar investidos.  Y en ese paradigma de  proteger el propio ombligo hacen gestos para atraer  la complicidad de Rivera y los suyos. 
O para  que el navarrismo montaraz  intercambie cromos a cambio de recuperar mando  en la reinstauración de un régimen que en el viejo reino creíamos acabado.    

Los socialistas parecen más interesados en el gobierno que en gobernar, olvidándose de que los problemas estructurales  que afectan a España siguen ahí, a la espera de que un compromiso compartido con visión de estado, les haga frente  con dedicación, arrojo y eficacia. 

En el mapa vasco, la representación institucional resultante del veredicto democrático, deja como consecuencia que un gran número de instituciones locales podrían gozar de una sólida estabilidad. Bien porque  el electorado primó a las formaciones políticas con notables mayorías –de un signo u otro (PNV o EH Bildu)-  o porque la confluencia de dos  formaciones permitiría  efectos análogos. Eso significa que una gran parte de los ayuntamientos vascos podrán disponer de un marco de estabilidad y de certidumbre envidiable para desarrollar las políticas públicas  que sus gestores consideren oportunas.  Y eso es sumamente  positivo para el país y para el conjunto de la sociedad vasca. 

Que los partidos políticos busquen fórmulas de colaboración que viabilicen  gobiernos  seguros y eficaces es un objetivo a  defender en la actual coyuntura. Los acuerdos entre diferentes son, por lo general, buenos para todos y sumar desde el respeto al competidor  debe ser tenido como un valor democrático de primer nivel en nuestra acción política.

Cosa diferente  es buscar el pacto  o la alianza como elemento de depredación o  simplemente de restar fortaleza al adversario.  Acordar como castigo a otra formación puede alimentar las vanidades propias  o las pretensiones de revancha pero  poco o nada aportará a la expectativa de la ciudadanía. Eso no quiere decir  que la configuración de alianzas de mayorías  que superen a primeras fuerzas minoritarias  no goce de legitimidad democrática. Faltaría más. El valor de la democracia es que mayorías y minorías  acepten la capacidad de unos y otros por representar al conjunto de la sociedad, acatando  en todo caso,  a quienes más voluntades populares  encarnan y sumen. 

En Euskadi, salvo en el infausto tiempo de la “ley de partidos”, no ha habido una política  pactada de aislamiento.  La existencia de la violencia condicionó notablemente durante años  las relaciones entre partidos. Pero, en la medida  que la desaparición de ETA  comienza a  pasar  calendarios, la tan deseada “normalización”  se acrecienta, hasta el punto de que  estamos próximos a ver  posibles colaboraciones entre quienes hasta hace bien poco tiempo eran  adversarios irreconciliables. 

En el horizonte del próximo sábado 15 –fecha en la que deberán constituirse los nuevos ayuntamientos-  tendremos  en Euskadi un amplio abanico de consistorios  con capacidad  plena de gestión. Con mayorías holgadas de uno y otro signo que garantizarán  cuatro años de horizonte propiciatorio para que la sociedad vasca siga avanzando adecuadamente. Esperemos que ese mutualismo político siga fructificando entre nosotros. Será un signo evidente de madurez  y convivencia.