sábado, 27 de agosto de 2016

EUSKADI QUIERE MIRAR AL FUTURO

A Mikel Arana, la democracia interna de “Podemos” le ha fulminado. El ex coordinador de Ezker Batua que optaba a una plaza en las listas tras la confluencia de su partido con la formación morada ha desaparecido de escena. Mejor dicho, le han hecho desaparecer. Nagua Alba, la joven dirigente de Podemos ha explicado que el veto a Arana se ha debido a que “hay perfiles que representan mejor la nueva política” que el mencionado ex coordinador general de EB. Así que mejor fuera que dentro. 

Resulta llamativa la censura interna de una formación que se presenta como la quintaesencia de la participación, la transparencia y la frescura democrática. Quienes tienen pasado político no caben en sus listas. Aunque pasado lo tienen todos. Quienes han militado en el anticapitalismo o en la Joven Guardia Roja. Lo que ocurre es que en ese imaginario sectario que se ha instalado  entre los dirigentes podemitas, haber sido parlamentario, dirigente de una formación con presencia institucional, contamina el candor de su oferta inmaculada. No es “el perfil” que se impone entre los emergentes. 

Podemos no tuvo el mismo celo que ahora en los procesos electorales anteriores –las dos elecciones generales-. En ellos, los filtros éticos de la formación morada no tuvieron el mismo celo con el que ahora se han expresado  ya que en ambas ocasiones dieron el placet y eligieron a un candidato cuyo pasado resultaba, cuando menos, más oscuro. Y no es que lo desconocieran ya que en esas redes sociales en las que los seguidores de Monedero son tan activos, había figurado una denuncia pública en tal sentido. Me refiero a la elección, en dos ocasiones, como candidato al Senado –hoy ya senador alavés- de un ciudadano del que se decía haber sido el último presidente de la organización falangista OJE en Vitoria Gasteiz durante 1973.  Así consta en algunos documentos que rulan por la red. Pero si esta acreditación fuera endeble todavía está en la memoria de muchos gasteiztarras de hoy las clases de Formación del Espíritu Nacional que el citado individuo impartía en el instituto Ramiro de Maeztu de la capital alavesa. Ay la memoria, qué sofocos provoca. 

Tal vez el hoy senador de Podemos  tuvo una transformación milagrosa. Como la de Saulo de Tarso cayendo del caballo. O como el infausto ministro Fernández Díaz a quien la virgen se le apareció en Las Vegas y le apartó de su depravada vida para entregarse en cuerpo y alma al Opus Dei. 
Lo único cierto es que Nagua Alba, ni sus jóvenes compañeros de la “nueva política” nada han dicho del “perfil” franquista del senador apuntado en sus listas. ¿Habrá purgado por su pasado emergiendo  purificado de las aguas del  río Jordán en la nueva iglesia de Pablo?. 

La “firmeza” ejemplar de Podemos solo se aplica a los demás. Si un empresario no paga la seguridad social de sus contratados su actuación será un fraude corrupto. Si quien lo hace es Echenique con su asistente, lo suyo será un “ejemplo moral”. Ética del embudo.  
Mikel Arana no es del gusto de Podemos. La “nueva política” es más vieja que la tana. Soberbia, veto e imposición. Mal comienzo para una confluencia. Sumar restando. Que la digestión del éxito no termine en empacho. 

Falta lo más importante; las propuestas. Esperamos como agua de mayo el programa de gobierno de Podemos para la Comunidad Vasca. Qué pretenden hacer y cómo. Hasta el momento sólo hemos escuchado su intención de desalojar del gobierno vasco al PNV y  que para ello se brindan a pactar con  Eh Bildu y los socialistas. ¿Pactar qué?. ¿Qué políticas industriales?. ¿Cómo pretenden crear empleo? ¿Cómo incentivar la investigación? ¿Cómo hacer frente al déficit? ¿Apoyarán la educación concertada? ¿Serán partidarios de la finalización del Tren de Alta Velocidad? ¿Cuáles son sus propuestas para el comercio? ¿Pedirán la transferencia de la gestión de la seguridad social?... Ahí les queremos ver. A ras de suelo. Demostrando que “lo nuevo” sabe de lo que habla. Más allá de perfiles puros o de la verborrea populista. 

Otegi sabe ya, salvo sorpresa mayúscula que lo avale, que no será candidato a la lehendakaritza en los próximos comicios. Bueno, saber-saber lo sabía de antemano. Tanto él como la Izquierda Abertzale que le nominó. Desde el momento que su condena no fue recurrida en un ejercicio político más que de pura defensa legal, conocían el recorrido que su candidatura.  Fue su decisión y como tal deberán asumir sus consecuencias. Al PNV le habría gustado que el de Elgoibar pudiera medirse en las urnas. 

Sin cortapisas ni falsos argumentos que puedan dejar lugar a las dudas o al triste argumento de lo pudo haber sido  y no fue. Mientras tanto, su inhabilitación como candidato sigue ocupando titulares y espacios informativos. Ya conocíamos esa estrategia de tiempos anteriores, cuando la campaña electoral se basó en la ilegalización o no de la las listas de la Izquierda Abertzale. Ese método de comunicación política del tensionamiento tuvo su éxito en el pasado. Pero me temo que hoy no tendrá los mismos réditos. El pasado, pasado está. Y Otegi se ha quedado allí. Le esperábamos en el presente y muchos de sus seguidores en el futuro. Pero ha quedado atrapado en el ayer. Ni la “renovación” de SORTU, que aún no ha fijado fecha para su congreso, ha arrancado. Pese a que se anunciaran nuevos equipos, los nombres de siempre siguen donde estaban. Interinamente, pero siguen. Todos menos Arraiz, la voz más aperturista que, desgraciadamente, ha sido la primera en ser apartada del camino (tal vez por eso?).  

Los problemas que maniataban al conjunto de la Izquierda patriótica siguen hechos un nudo que nadie se atreve a desatar. Cuando a un final, como el de ETA, nadie se atreve a poner su último punto, la nueva página  no puede abrirse. Y eso es lo que les pasa. 

Todas las esperanzas de abrir un nuevo escenario, las ilusiones de que con Otegi todo sería diferente, han resultado evanescentes. Mientras el pasado les persiga  y nadie se atreva a acabar con el paréntesis, la Izquierda Abertzale no avanzará y su potencial se irá debilitando. 

Es una lástima. Lo digo sinceramente. El final de la pasada legislatura dejó destellos de que un nuevo tiempo político de acuerdo y de colaboración podría darse en el espectro sociológico del abertzalismo.  Fueron indicios alentadores de que en el futuro próximo cabían nuevos acuerdos en materias relevantes para el país.  Más allá de los escenarios electorales, Euskadi necesita mirar al futuro. Y las principales formaciones políticas deben aproximar sus posiciones para dibujar el país que queremos construir en los próximos decenios. 

Las formaciones políticas de obediencia española continúan con su declive electoral y sociológico. No es de extrañar. Su modelo de referencia, el español, vive en un fracaso permanente y cada vez son más los puntos de diferencia que nos alejan a los vascos de un proyecto en el que nada nos motiva. Ni en calidad de vida, ni en expectativas ni en emociones. Es mucho más que un problema político o de respeto a la singularidad nacional. 

Euskadi mira al futuro con perspectiva propia de crecimiento. Tiene ante sí grandes desafíos que atender que no se limitarán al breve plazo de una legislatura. Retos vinculados a la demografía, a la sostenibilidad de sus estructuras y servicios públicos. Al papel que deberá jugar la formación y la cualificación de sus recursos humanos para competir en un mercado globalizado cada vez más agresivo. Hacer atractivo un país para sus jóvenes. Dotarles de oportunidades para que desarrollen al máximo sus potencialidades. Consolidar su idioma –el euskera- como una lengua de uso común. Más allá del conocimiento mayoritario.

En los próximos diez o quince años este país va a necesitar de una transformación social e institucional que priorice su eficacia  ante la demanda interna y las amenazas-oportunidades que lleguen de fuera. Y todo eso necesitará del concurso de una mayoría que sienta y ame a este país como propio. 

Las elecciones autonómicas están ya aquí. La corta carrera que determinará la composición del próximo Parlamento Vasco  está a punto de  comenzar. Toca retratarse. Quienes tienen en Madrid sus centros de decisión deberán afanarse en minimizar  el desprestigio compartido que tienen por el disparate político español que sufrimos desde hace meses. Quienes crecieron por la indignación deberán despejar las dudas  que sobre ellos se han instalado. Demostrar que son mucho más que un espejismo, un envase vacío de contenidos reales. Y quienes se decían vanguardia, deberán evidenciar que el pasado no les tiene maniatados. 

Euskadi quiere mirar al futuro. Y el futuro comienza  hoy mismo.        

sábado, 20 de agosto de 2016

EL ANONIMATO DE ANDER



Parece que en verano todo es diferente.  Y lo es. Pero las noticias trágicas y desafortunadas también se prodigan. A pesar de la relajación y del paréntesis que pongamos a nuestras preocupaciones públicas, el infortunio no descansa. Sobre todo cuando hablamos de la vida humana que no conoce de vacaciones ni de ocios en tregua. La vida, sí, inexorable hacia la muerte como un elemento más de su condición fugaz.


He conocido en días pasados la desaparición de personas conocidas a las que la muerte les ha sorprendido mientras una mayoría disfrutábamos de ese limbo vacacional de fiestas, verbenas, celebraciones y despreocupación. A algunos, su final llegó súbito e inesperado. A otros, el padecimiento les acompañaba desde hace tiempo. Mi aflicción y sentimiento para quienes se han ido y para sus familias.


Entre ellos me quedo con un nombre, Ander Salaberria.  Para muchos un desconocido. También en parte para mí, pero esa sensación de anonimato incierto es la que me ha animado a escribir estas líneas. Ander fue un militante convencido del nacionalismo vasco. Abertzale, euskaltzale, defensor de sus amigos, de las causas nobles. Su compromiso le llevó a ser alcalde de Durango en 1983. De allí, cinco años más tarde, pasó a ser director de Acción Territorial en la Diputación foral de Bizkaia.  Allí le conocí.


Como otros muchos, su compromiso para con este país le generó desvelos. Alegrías y sinsabores. Sin esperar nada a cambio. Siempre con una sonrisa debajo del bigote que le hacía reconocible. Ander puso en su cometido todo su arrojo.  En defensa de los municipios de Bizkaia. Lo hizo lo mejor que pudo y su labor en la institución foral acabó, con total normalidad, cuando un nuevo equipo tomó las riendas y se produjo el relevo natural. Unos se iban y otros venían


Ander dejó de ser director. Me imagino que por entonces cobraría la cesantía que legalmente le correspondía –el sueldo de una mensualidad bruta- y se volvió a su casa. Ni paro, ni pensión vitalicia ni privilegio alguno, pese a que todavía haya imbéciles por ahí que gratuita y falsamente atribuyen a los cargos públicos prebendas inexistentes.


Fuera de la actividad institucional, por un tiempo, perdí de vista a Ander. Más tarde supe que pretendió incorporarse a su trabajo pero, por desgracia, el transcurrir del tiempo en el ayuntamiento y en la diputación, le privó  mantenerlo. Así que, como emergió, se sumergió en su familia. En su Durango. Nada pidió ni reclamó. Lo suyo había sido compromiso. Voluntad personal para con Euskadi. Tiempo más tarde –no sabría precisar cuánto- , llegó hasta mis oídos una información. El ex alcalde, el ex director, lo estaba pasando mal. Sin posibilidad de retomar su empleo, sin decir nada a nadie, humildemente, sobrevivía al amparo de las ayudas sociales.


¡Ay los privilegios de la política! ¡Ay la recompensa de los poderosos!. ¡Cuántos sinsabores deja el servicio público! ¡Cuántas mentiras pregonadas como cuchillos!.


Ander siguió militanto. Siendo un activista. Un alderdikide de los pies a la cabeza. Ejemplo de dignidad, de sacrificio, de creer en una causa justa y entregar a ella hasta el último gramo de su energía.  Después de una larga enfermedad, Ander Salaberria se ha ido. Sin ruido, en ese anonimato que a muchos les ha hecho pasar su historia como inadvertida.


En Ander quiero ver el ejemplo de muchos hombres y mujeres que se han llegado a comprometer con su país. Que han ocupado puestos de responsabilidad en las instituciones por voluntad y por creencia. Personas que han cedido parte de su tiempo vital, de sus familias, a la búsqueda del bien común. Que han hecho grande el sentido de la política y que, por desgracia, en los tiempos que corren, se sienten abatidos por un discurso fácil y tramposo que envilece y denigra todo lo que la política envuelve.


Hoy, que lo sencillo es decir que todo es un asco, me rebelo en nombre de Ander y de tantos otros. La “política” vasca está hecha de esa pasta en la que las ideas priman, en la que aún se cree en el servicio público. Aunque algunos hablen de coches oficiales, de comilonas, de prebendas inconfesables, de corrupción generalizada.


La política vasca que yo conozco, la que representaba Ander Salaberria era la que restaba horas a la familia para dedicarlas a la responsabilidad asumida. La que se llevaba el trabajo a casa. La que siempre buscaba la mejor solución a los problemas,  aunque en la decisión final se equivocara.


No he conocido a nadie que se haya forrado  beneficiándose del cargo. Ni quien ha accedido a una candidatura, o a un puesto público pensando en medrar, en incrementar su patrimonio. Tampoco soy ingenuo. Sé que hay Bárcenas o Ratose en el colectivo. Como en todos. Pero me indigna esa generalización permanente que se hace , sin prueba ni indicio que corroboren la acusación. 


Hay quienes han hecho de la indignación un leit motiv para fraguarse una alternativa o una opción diferente. Ponen el grito en el cielo porque a unos electos se les haga llegar unas invitaciones al parque infantil de navidad pero nada dicen de las clases particulares de inglés que sus portavoces disfrutan gracias al presupuesto público de la institución en la que ocupan escaño.  Martillos pilones de la “casta” a los que se les “olvida” el pago de la seguridad social de los empleados propios. No generalizaré con ellos, porque tampoco sería justo. Pero les costará probar su integridad hasta llegar a la suela del zapato de personas como Ander Salaberria.


Hemos conocido estos días las candidaturas presentadas por las formaciones políticas de cara a las elecciones autonómicas que se celebrarán el último domingo de septiembre. Confío en la integridad de todas las personas allí determinadas. Del primero a la última candidatura y en todas las opciones.


Todos y todas merecen igual respeto. Quienes aparecen por primera vez en el escaparate político hasta quienes tienen acreditada experiencia en este campo. Espero que cuando el paréntesis político que todos ellos han decidido abrir, cuando  su mandato finalice, todos y todas gocen de las mismas oportunidades para reincorporarse a sus actividades laborales. Porque estoy por ver que a unos se les reconozca el derecho a volver a ser “profesionales independientes” cuando pretendan ocupar sus plazas en los medios públicos de comunicación y al resto se les cuestione el destino con esa milonga de las “puertas giratorias”. Ni bulas ni sectarismos. Igualdad de trato para todas y todos.



La carrera electoral está a punto de comenzar. La gran disyuntiva que vamos a contemplar en este corto espacio de disputa política (afortunadamente) se resume en dos propuestas: Unos que plantearán  sacar del gobierno al PNV, para lo que bascularán  sus mensajes en  alianzas, apoyos, sumas y alternativas, y otros, los nacionalistas vascos que intentarán convencer al electorado vasco que la senda de estabilidad y de crecimiento  cuenta con su experiencia y palmarés con la mejor garantía  de progreso y bienestar para todos.

En síntesis; lo conocido –el PNV- o el cambio cuyas consecuencias  nadie sabe calibrar. El resultado final vendrá dado  por determinar cuál de las dos opciones  convence al electorado vasco. Si las fuerzas que buscan la alternancia son capaces  de presentar ofertas de futuro creíble y realistas, si  su suma  es factible, más allá de declaraciones de intenciones imposibles, el 26-s tendrán una opción. Si su campaña se basa en la crítica y en el desprestigio, si se presentan “a la contra” del PNV, fracasarán estrepitosamente.

Los últimos datos “macro” conocidos estos días –inversión sanitaria,  innovación, prestación social- confirman el liderazgo de Euskadi  en lo que a gestión pública se refiere. Un liderazgo que avala la gestión desarrollada institucionalmente por el PNV. Pero Ese diferencial no será suficiente en sí mismo para que los nacionalistas revaliden la confianza del electorado. Deberán, en los escasos días que durará la campaña, presentar nuevos objetivos, nuevos retos, nuevas actuaciones que hagan ver a la masa social vasca que, además de trayectoria y de garantía en la gestión, el PNV mira al futuro.


Si así lo hace, si evita el zafarrancho  y pone en valor su garantía de gestión con un nuevo programa, tendrá buena parte del terreno ganado. El resto lo harán posible los hombres y mujeres  que como Ander Salaberria, darán lo mejor de sí mismos por su partido y por Euskadi.