sábado, 20 de enero de 2018

PERDER LA PERSPECTIVA


Vivir atrapados por la actualidad, por la ansiedad de un día a día frenético, nos hace perder la perspectiva descontextualizando los comportamientos humanos y la evolución de las propias sociedades. A esta característica se le une el desarrollo de las tecnologías y la imparable comunicación  universal que nos permite conocer, prácticamente a tiempo real, lo que ocurre y acontece en cualquier punto del planeta.
Tal fenómeno no es, desde mi punto de vista, ni bueno ni malo. Es una constatación de que vivimos en un mundo  de respuestas inmediatas, de cambios permanentes y de una falta de sosiego que convierte la experiencia vital en un tránsito acelerado de sensaciones  que nos deja la enorme paradoja de que  mientras la expectativa de vida progresa y se acrecienta largamente, ésta resulta cada vez más fugaz y trepidante.
Alguno dirá que no está acostumbrado a leer en mis artículos  reflexiones tan profundas. Que se me hacía más ligero en las ideas. ¿Será la melancolía?. ¿El avance de la edad?. ¿Los efectos del Sintrom?. Quizá.
Lo cierto es que a ese grado de introspección me ha llevado un hecho aparentemente irrelevante pero, incidiendo en sus consecuencias, importantísimo.
Me refiero a los cambios que en mi generación se han dado en lo que a indumentario se refiere. Pase que  fruto de la libertad de pensamiento  se haya democratizado la vestimenta.  Y que se la haya desacralizado.  De ahí que entienda que  hoy en día sea corriente  llevar a la vista los tirantes del sujetador . O que  los pantalones  se ciñan por debajo de la cintura  dejando al aire la goma del calzoncillo. Pase  que los chándales  hayan dejado de ser prendas deportivas o que las zapatillas no lleven cordones o si los llevan, no se amarren.  Lo que o termino de comprender  es que ahora estén en boga los pantalones rotos.  Por los bajos, las rodillas, los bolsillos…  No es que se rompan por el roce o el uso. Es que se compran así. En mi época de joven, mi  madre me hubiera cruzado la cara. Y me hubiera llenado de petachos y parches la prenda  agujereada.
No. Lo que entonces era una imagen de dejadez, de gente desarrapada, ahora se ha convertido tendencia. Es “cool” que dirían  los expertos en tontería.
Lo que pasa es que hoy no se valora como Dios manda la calidad del tejido, la materia prima y se mira simplemente lo superficial. Así pasa lo que pasa. Jamás hubiera pensado  que la sociedad del siglo XXI apreciara tan poco un material, como la lana, que en el pasado fue como el oro.
Un pastor me dejó con la boca abierta.  Fue en un reportaje televisivo. Esquilaba ovejas con gran destreza  y concluida su faena  sentenció que no sabía qué hacer con la lana. Que nadie la quería y que se había convertido en un problema  como residuo a destruir. La lana ¿basura?.
No me lo podía creer. El mismo material que en la edad media contribuyó al esplendor de Flandes, a la potencia productora  de la meseta castellana, al imperio de Carlos V, al desarrollo de las villas en la ruta exportadora (Balmaseda). A la creación de Bilbao y de su puerto. La misma materia que impulsó nuestra “Casa de contratación” en Brujas, la presencia  de la Nación Bizkaina en el centro del  mercado textil europeo. Esa misma lana es la que ahora nadie quiere y genera un problema para los pastores. Jaungoikoa!. A dónde hemos llegado. Empezamos por los pantalones rotos y terminamos aquí.
Pero no. Con la crisis lanar de por medio, un grupo satírico  guionizó una broma radiofónica según la cual “el 90% de las ovejas en España se cría para fines sexuales”. La boutade del “El Mundo today”  no gustó mucho a una jueza bilbaína que exigió la rectificación y la retirada del contenido de la “mofa” al considerarla “un insulto grave a la labor de los pastores”, advirtiendo a sus autores que incurrían en una “imputación general y gratuita del delito de bestialismo” sobre este colectivo.
Todo lo vinculado al mundo animal  ha sufrido una trasmutación muy relevante en nuestros días. Hoy resultaría punible legalmente lo que nuestros antepasados cercanos hacían para desprenderse de camadas  numerosas y no deseadas de perros y gatos. Antaño –que crueldad-, las crías  se metían en un saco  lastrado con piedras que se arrojaba al río.
En este nuevo tiempo contemporáneo,  la protección a los animales se ha llevado a los parlamentos. Y no hablo de los toros de lidia, actividad que personalmente aborrezco.  El Congreso de los Diputados ha determinado recientemente que los animales, los perros, los gatos, etc  –las mascotas- no son “cosas” sino “seres vivos”. El Partido Popular, proponente de la modificación normativa, consiguió por primera vez en la legislatura corriente, poner de acuerdo a todo el arco parlamentario. Según dictaron sus señorías, los animales dejaban de ser “bienes muebles”, como una televisión o la nevera, para ser tenidos como “seres sintientes”.  Incidiendo en la materia,  los parlamentarios podían haberse esmerado más y haber dictaminado también que los animales dejaran de ser tratados como personas, pero tal consideración,  tan necesaria en algunos casos, no se produjo.
Este efecto “animalista”  se ha extendido  por doquier. Lo más de lo más conocido hasta hoy  viene de Suiza. El gobierno helvético ha prohibido cocinar langostas vivas en agua hirviendo, práctica culinaria extendida en miles de restaurantes de todo el mundo. La normativa, anunciada esta pasada semana y que entrará en vigor en marzo, señala que los decápodos deberán ser "aturdidos" antes de sacrificarlos para el consumo. ¿Aturdidos?. ¿Cómo?. ¿Se les expele el humo de un porro entre los ojos? ¿Se les  somete a una sesión discográfica de Franco Battiato?.
Se empieza por prohibir cocer el marisco y se termina por pedir perdón  al comer una chuleta de vaca. Masterchef tiene los días contados.
Ahora me explico el boom del tofu o la quinoa. Tanto cambio va a terminar por desquiciarnos . No me extraña que, hasta el más recio en mantener sus posiciones  pierda la coherencia llegado el caso y desdibuje su firmeza. Eso es, según parece, lo que le ha podido ocurrir al señor Muñoz.
Nos gustaría que la política penitenciaria y la normalización se colocaran como elemento de condición para las relaciones con el estado». Esta afirmación  fue hecha por el secretario general del principal sindicato del país en el transcurso de la manifestación  de apoyo a los presos vascos celebrada el pasado sábado en Bilbao.  Acertada reflexión. Ahora bien, si se pide  colocar “como elemento de condición”  eso significa que se haría en el marco de una negociación ¿no?. En qué quedamos don Adolfo  ¿hay que negociar con el gobierno del Estado o no?. ¿Hay que romper y rasgar con los protagonistas del 155 o tratar de establecer con ellos  un nuevo marco de  normalización  y convivencia?.  ¿No decían ustedes  que no se podía hablar con el PP porque  éste era el partido más corrupto de Europa?. ¿Dónde queda el pudor o la dignidad ahora? ¿No aseguraban  con firmeza  de abertzale auténtico  que frente al Estado  había que actuar de manera unilateral?.
Habrá sido un lapsus. Seguramente. O una malinterpretación por mi parte. Últimamente estoy un tanto obtuso. Por poner otro ejemplo, y volviendo a la política penitenciaria,  de las consultas  y las informaciones  que tenía  de otras formaciones y colectivos, había llegado a creer que para avanzar hacia una solución en esta materia había una coincidencia en abordar las acciones de manera efectiva y no efectista. Es decir, buscar complicidades y consensos alejados de los focos y de la exaltación que provocara la reacción visceral de la “caverna” española. Habíamos llegado a la conclusión de que era mejor trabajar  discretamente en la cocina para obtener resultados ciertos, en lugar de la propaganda y el exhibicionismo.
Debí confundirme –una vez más-.  Porque algunos ya han anunciado, a bombo y platillo, que su próximo paso será celebrar una nueva manifestación, y esta vez en Madrid. Para despertar las bajas pasiones  de quienes lejos de cualquier vía de conciliación reivindican la prisión permanente revisable –cadena perpetua- y presionan al gobierno del PP para que nada se mueva, y si lo hace, sea en sentido contrario al que debiera producirse.
Que falta de inteligencia. Que superficialidad  en las decisiones. Y qué ganas de protagonismo desafortunado. Confío en que rectifiquen o que quienes directamente más padecen  las consecuencias de la excepcionalidad carcelaria les obliguen a replantearse su estrategia. Para no perder la perspectiva y para que el cambio que ha de venir sea de fondo y no se quede exclusivamente en la parte estética. 

sábado, 13 de enero de 2018

PAÍS, PARTIDO, PERSONA


La memoria suele gastar malas pasadas pero  no creo que me falle al rememorar un momento  especialmente tenso que viví en el ámbito institucional. Fue el año 1995 y en la Casa de Juntas de Gernika  se iba a proceder a la sesión plenaria en la que la cámara territorial elegiría a su Diputado General tras unos comicios – 28 de mayo- en los que el PNV había vuelto a ser  el partido más votado con el liderazgo de Josu Bergara.
Los alrededores de la Casa de Juntas estaban tomados  por la Ertzaintza  y un pequeño grupo de manifestantes se agolpaba  ruidoso en las inmediaciones de la puerta principal. La liturgia era algo habitual pero aquel día era extraordinario. Sí que lo era. Y se evidenció cuando un furgón policial  condujo hasta el recinto a un joven electo, Ángel Figueroa, preso de ETA entonces preventivo.
La jornada fue diferente en su totalidad. El juntero, trasladado desde la prisión de Langraitz, pudo encontrarse con su familia, y moverse  libremente –ante la atenta mirada de funcionarios policiales – por las instancias de la cámara vizcaína.  Compartió escaño con sus otros cuatro compañeros de Herri Batasuna y, terminado el pleno,  el operativo de seguridad se replegó  en torno a Figueroa  quien nuevamente fue conducido hasta el recinto penitenciario en el que se encontraba temporalmente recluido. Un año más tarde y tras ser condenado a 67 años de cárcel,  Figueroa fue sustituido por el siguiente en la lista de la circunscripción de Busturia-Uribe.
Angel Figueroa murió en su casa de Getxo en el año 2013 a los 41 años de edad víctima de una prolongada enfermedad (el 2008 pasó a tercer grado como consecuencia de la dolencia que sufría).  Con anterioridad, su familia había sido víctima de la política penitenciaria de alejamiento. Tras un accidente de tráfico en Aranda de Duero –marzo de 1997- en el que se vieron afectados padres y abuelos del militante preso, falleció su amama. Y apenas dos años más tarde  fallecía su aita, a quien conocí en Gernika en el ya mencionado pleno.
Una triste historia cargada de drama humano. De sufrimiento reconocible. Que nos acerca a una política penitenciara de excepción que debe acabarse. Acabarse para con los reclusos enfermos –según lo recoge el artículo 104 del reglamento penitenciario-. Eliminarse en reconocimiento de los derechos básicos de las personas presas (el acercamiento a cárceles próximas a sus lugares de residencia -art. 12.1 de la Ley Orgánica General Penitenciaria-) y de la no victimización de sus familiares y allegados.
Hoy, 13 de enero, los entornos de la Izquierda Abertzale, desarrollarán por las calles de Bilbao la habitual manifestación  de reivindicación de los derechos de los presos. Miles de personas movilizadas en una reclamación de derechos que comienza a parecerse a un ritual litúrgico de consumo interno.  Se quiera asumir o no, el conjunto de la sociedad vasca no encuentra esta preocupación entre sus prioridades más  inquietantes.  Y eso es pernicioso para todos ya que  las heridas que se conservan abiertas hay que  sanarlas por el bien general, para disfrutar de un cuerpo social saludable y fuerte. Para poder hacer frente a una fructífera convivencia futuro.
Quizá por ello, los más directamente afectados deban hacer un esfuerzo para que el final ordenado de la violencia entre ya en una nueva fase. Fase de disolución. De ETA y de excepcionalidades.  Fase de reconocimiento del daño. El “injustamente” causado. Fase de  medidas prácticas. Sin publicidad y mucho menos  exaltaciones inútiles.
Con determinación y voluntad ineludible de superar el pasado. Como lo viene demostrando Juan Karlos Ioldi, responsable de “Harrera Elkartea”, la voluntariosa iniciativa que casi con su única apuesta personal  se encarga de acoger y buscar un ámbito de resocialización a los presos  que salen de la cárcel una vez finalizadas sus condenas.  Lejos de las “bienvenidas”, los “aurreskus” o las  “volanderas”  fugaces de una tarde cuyo ruido  y efecto  se apaga inmediatamente.
Ioldi fue uno de esos presos. Fue detenido en 1985 acusado de integrar un comando que atacó infraestructuras ferroviarias. HB le incluyó en su lista por Gipuzkoa para las autonómicas de noviembre de 1986.
Juan Karlos Ioldi en la tribuna parlamentaria
Cuando llegaron las elecciones aún no había sido juzgado. Era un preso preventivo y tenía todo el derecho del mundo a ser elegido. Fue trasladado por la Guardia Civil a Vitoria para recoger el acta de parlamentario y, días después, HB hizo público que sería su candidato a lehendakari. Una operación cosmética de las muchas que protagonizó la izquierda abertzale. Contra el criterio del entonces fiscal general del Estado, Javier Moscoso, la Audiencia de Navarra autorizó su traslado de la prisión al Parlamento para no lesionar “los derechos políticos de los electores”. La víspera del pleno  fue llevado a la cárcel de Nanclares  y de allí, el 26 de febrero de 1987, a las nueve de la mañana, Ioldi se subió a la tribuna de oradores del Parlamento Vasco.
Nadie llegó a apoyar su candidatura, que se mantuvo formalmente hasta el final, ya que los diputados de HB abandonaron el pleno a media tarde tras intervenir su portavoz. En aquella sesión fue elegido lehendakari el jeltzale José Antonio Ardanza con los votos del PNV, el PSE y el CDS.
Figueroa y Juan Karlos Ioldi son dos de los ejemplos existentes en Euskadi en los que la representación parlamentaria y la situación jurídica de  algunos electos  han conseguido conciliar derechos y procedimientos  legales en una democracia representativa.
Si alguna característica tienen los parlamentos es que en su seno se encuentra física, materialmente, la representación de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía. Es decir  que son ámbitos de encuentro reales, humanos. En los que las ideas  se puedan tocar y sentir.
Los reglamentos de las cámaras son, por así decirlo,  las reglas de juego, la normativa interna, que permite  y enmarca las intervenciones y las propuestas de los electos.  Su aprobación  y/o modificación  resulta prolija ya que como elemento básico de regulación de la actividad parlamentaria exige amplios consensos y acuerdos. Y, para ello  existe una comisión o comisiones ordinarias –reglamento y gobierno, etc- que se encargan de tramitar y aprobar los textos regulatorios de dicho marco de funcionamiento interno. La presidencia o la “mesa” de la Cámara  no tienen la potestad de modificar un reglamento. Tienen la capacidad de interpretarlo pero no de cambiar su literalidad.
Digo todo esto porque estos días estamos escuchando demasiados disparates en relación a la posibilidad de que el Parlament de Catalunya posibilite una designación del próximo president de la Generalitat sin la necesidad  presencial del candidato en la Cámara.
No tengo complejo alguno en señalar que la persecución judicial  llevada a cabo contra el president  Puigdemont es una barbaridad. Es un acto injusto, arbitrario e inentendible en un Estado de derecho. De igual forma considero que las prisiones preventivas de Junqueras, los “jordis” y los consellers, son, también, una barbaridad. Dicho esto y con la misma rotundidad me atrevo a decir que la pretensión de formalizar una investidura no presencial es un dislate. Una falta de respeto a lo que las instituciones simbolizan.
Sustraerse al principio de realidad por conveniencia o por seguridad puede resultar legítimo. Y es entendible. Pero cuando  lo que está en juego es la dignidad de un país y su más alta representación, no es de recibo  actuar fuera de esa misma realidad, buscando un universo paralelo y artificial que ampare la inviolabilidad de un candidato.  No se entiende que para legitimar la voluntad popular haya que retorcer, hasta quebrar, las reglas de juego democrático. Hacerlo sería, a mi juicio, violentar el compromiso con miles de electores que creyeron en un líder de carne y hueso para dirigir un país de verdad, no una secuela de “Matrix” gobernada por control remoto.
Catalunya, la Nación catalana que pretende decidir su futuro político, se merece autenticidad y responsabilidad. No argucias ni artificios que  amparen el actual bloqueo. Catalunya se merece recobrar la legitimidad y hacer desaparecer las consecuencias de la intervención del Estado –del 155-. Cualquier otra cosa debilitaría, y mucho, a un país que ha conseguido  mantener movilizada a una mayoría social que aspira a una independencia de verdad.
Artur Mas, en su despedida de la presidencia del PdeCat señaló que en su vida política “siempre me ha guiado por un principio: primero es el país, luego viene el partido y finalmente la persona”. Confío en que el president Puigdemont  haga suya  tal escala de valores.