viernes, 18 de diciembre de 2009

Pazguato tú.


Me he reconocido “anormal”, y hasta “rural”. Pero no estoy dispuesto a admitir que sea un “pazguato”. Por si acaso, pazguato tú.
El palabro lo sacó a pasear el pasado miércoles en el Parlamento la Consejera de Cultura, Blanca Urgell en una comparecencia en la que debía manifestar la opinión del Gobierno vasco en relación al Guggenheim Urdaibai.

Fue tremendo. Pocas veces se ha visto tanta soberbia incontenida en una intervención parlamentaria. La razón pura del intelecto científico frente a la ignorancia de la plebe. La arrogancia “honoris causa” versus la inmunda opinión del vulgo. O lo que es lo mismo, la sabiduría académica frente a la estulticia de quien no sabe hacer la “o” con un canuto. Los “a-científicos” que hablamos por boca de ganso.

El proyecto del Guggenheim Urdaibai cuenta con una docena larga de informes previos elaborados por empresas de reconocido prestigio. Estudios hechos por patanes que contemplan la cultura como una grosera herramienta al servicio de la economía. “Cultura es cultura” dicen los próceres gubernamentales. Éter. Metafísica. ¿Mezclar la acción cultural con la economía, con el dinero?. Por dios, cuanto mal gusto acumulado. ¡salid del templo mercaderes sacrílegos!. ¡Alejad el vil metal de la pureza creativa!

Por eso, la idea de ampliar el museo de Bilbao a Urdaibai buscando el desarrollo económico de la comarca es, según la Consejera, un argumento “desterrable por ignorante, pazguato y alicorto”. ¿Ignorante?.¿Alicorto?.¿Pazguato? (simple, memo, papanatas, pacato, timorato, gazmoño, ñoño).

No veo a la consejera Urgell detrás de este discurso de intelectual ex anarco-sindicalista. Alguien la ha utilizado como Jose Luis Moreno a sus muñecos para darnos clases gratis a los analfabetos provincianos que identificamos lo fundamental con una boina (funda- mental), aunque la experiencia y el tiempo demuestren que un museo puede ser, además de un equipamiento cultural de primera magnitud internacional, un elemento tractor de la economía, del turismo, de la modernidad o del desarrollo.

Pero la descalificación apocalíptica total se ha pasado de frenada. No sólo el proyecto del Guggenheim Urdaibai es una aberración cultural en sí misma. Su posible éxito, con la atracción de visitantes -148.000 en el acumulado de un año según los estudios elaborados- nos dejaría, según los cerebros intelectuales del gobierno del “cambio”, sin “reserva de la biosfera”.

Tanta gente deambulando, comiendo, gastando, por el busturialde vizcaino, echaría por la borda la declaración de especial protección avalada por la UNESCO. ¡Sin reserva!. Jau!. Por manitú. Los yankis atacan de nuevo. Rostro pálido amenazar poblado chiricahua. Invasión de colonos, reserva en extinción. (yo, puesto a elegir, prefiero la reserva al crianza).

Habrá que dejar de ir a las playas en verano –más de un millón de bañistas desaprensivos mancillando los arenales de la biosfera-. Habrá que prohibir la feria del último lunes de Gernika. Decenas de miles de consumidores compulsivos fagocitando talos con chorizo en contra de la Reserva. Habrá que disolver los tumultos de la “Magdalena” en Bermeo y Elantxobe o las concentraciones de surfistas en Mundaka . Que los apaches se las apañen. Jau!

Estoy convencido de que hay argumentos mil para oponerse a un proyecto. Desde el “no me gusta” al “no es prioritario” o “no hay dinero”. Se podrán compartir o no las explicaciones pero, siendo sinceras, éstas son respetables. Lo que no es de justicia es el engaño y la impostura.

En mi infancia –uno también ha sido zagal- , los domingos tenían una liturgia especial. Sopa, garbanzos, berza y zancarrón con tomate o pimientos. Y con la carne el en gaznate, el tío José y los dos bajábamos la “cuesta” para ver el partido del Galdácano en Santa Bárbara. De camino a Zuazo, paradita . Café torero (él) y al fútbol.

Allí, en el campo de la Unión de Explosivos –la Dinamita-, con olor a farias recalentados y empalillados, y a los gritos de “golera!, golera!” un delantero local se hartaba de balón y enviaba el esférico hasta el río Ibaizabal. Entonces entraba en acción “Pelicán”, el guarda responsable de las instalaciones.

Pelicán sacaba una larga vara y se dirigía lo más rápidamente al río para que la corriente no se llevara el balón. Hacía un esfuerzo sobrehumano pero, lamentablemente, para cuando llegaba a la orilla, la pelota estaba ya 300 metros más abajo, pasando el puente de Mercadillo. El Ibaizabal siempre traía un flujo rápido, pero el problema no era la velocidad del agua. El problema era que Pelicán era cojo.

La ampliación en discontinuidad del museo Guggenheim Bilbao a Urdaibai es una oportunidad que no podemos dejar escapar. Este balón no puede perderse corriente abajo. Espero que el encargado de hacerse con él no sea alicorto. O , cuando menos no sea cojo.

1 comentario:

  1. ¿Estás convencido de que nunca nadie se ha presentado ante una comisión parlamentaria con tanta soberbia? O tienes poca memoria o no conoces lo que ha pasado estos últimos años en la política vasca

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