sábado, 23 de enero de 2021

“EL ÚLTIMO, PUCHI!”

“¡El último puchi!”. Ese era un grito  que lanzábamos de críos llamando  a no perder nunca. Jugando al pelotón, lo importante era ganar. Y meter todos los goles que se pudiera.  Como las porterías  se construían con los jerséis depositados en el suelo, nadie sabía identificar si  el balón había pasado entre los postes o por encima de ellos.  Qué discusiones más bizantinas aquellas en las que  el guardameta, que luego se cambiaba a jugador, aseguraba que el lanzamiento no había sido gol. “¡Había sido alta!”.  Y si, por un suponer, quien lo decía era el dueño del balón, no había discusión posible. “Alta” y “alta”.  La secuencia de patadas solo finalizaba cuando uno de los anárquicos equipos  llegaba a   un número predeterminado de goles.  O cuando  el propietario de la pelota se mosqueaba y ejercía su derecho de patrocinador del evento llevándose consigo  el balón.

Todo tenía  un rango comparativo de competición.  Las chapas hechas con plomo se manejaban mejor que las  de hierro. Saltaban menos y se ajustaban con más precisión  a la hora del “taco y palmo”.  Los “iturris” había que contrapesarlos bien,  colocar de manera ajustada el cristal y sellar los bordes con masilla para que  en las carreras de txirrindularis,  las tapas metálicas  avanzaran mejor en las pistas pintadas con tiza en el suelo.

En el “txorro-morro-piko-tallo-ke”, los gordos saltábamos los últimos, y a lo “bomba” para hacer rilar a los de abajo y seguir dominando en el juego, y en el “hinque”, cada cual tenía una herramienta  puntiaguda  más afilada que la del vecino. La cuestión era que  clavara con mayor precisión. El afán era siempre el mismo; ganar, ser más rápidos, más listos, más hábiles,  más espabilados. Por eso  se gritaba lo de “¡el último puchi!”. Bueno, el término completo era “puchi cagalera” y su sola mención provocaba una estampida  no se sabe bien para qué.  Cuando alguien  lo pronunciaba, había que agarrar  bien  fuerte  el pan con las onzas de  chocolate y salir cingando  hacia cualquier sitio.  Todo antes de quedar atrás  y ser señalado  con mofa por la cuadrilla.

El principio filosófico de “lo importante es participar” vino más tarde. Cuando los educadores  pretendieron amansar  a las asalvajadas fieras  criadas en la calle. Fue entonces cuando  se nos quiso inculcar los principios de responsabilidad, de solidaridad o de mancomunar esfuerzos. Intentaban que nos comportáramos  como seres racionales.  Que los neandertales  se convirtieran en cromañones. Pero el que nació neandertal, neandertal  creció y se multiplicó y bajo la epidermis  de los jóvenes amansados había quedado la maldición del “último puchi”. 

Ese orgullo mal entendido, ese ventajismo,  está profundamente instalado  en nuestro subconsciente colectivo. Es como un gesto despreciativo de los demás. Una autoestima idiota que intenta poner en valor lo propio, no por méritos de uno mismo, sino tratando de ridiculizar al resto.

Lo hemos visto hasta en el lamentable episodio de la vacunación  contra la COVID.  Muchas comunidades se han lanzado a una carrera fulgurante por administrar  a toda leche las dosis disponibles del preparado elaborado por  la farmacéutica Pfizer.  Y con ello  se han olvidado de que la inmunidad  frente a la enfermedad  se produciría con la inyección de dos  porciones del mismo medicamento, el segundo,  veintiún días después de haber suministrado el primero.

Pareciera que la inmunización de los pacientes fuera lo de menos. Había que  correr. Poner todas las dosis recibidas  para sacar pecho en el ranking.  Lo que no calcularon es que, cualquier incidencia en la entrega de  nuevos fármacos, podía  poner en grave riesgo  la virtualidad del proceso  iniciado y no concluido.  Y el episodio ocurrió. Pfizer, cuyo nivel de producción  del suero  estaba ajustado a los contratos ya asumidos  en el ámbito de Estados Unidos y  la Unión Europea,  se encontró con una oportunidad empresarial. Un país, digamos del Oriente Próximo,  se había propuesto vacunar a su población  en tiempo récord, aunque para ello tuviera que pagar los suministros a un precio cuatro veces mayor  del acordado  entre la farmacéutica  y los países de Europa occidental.

Ante esa “oportunidad de negocio”, Pfizer  decidió  desviar  parte de su stock ya comprometido para surtir al bien pagador nuevo cliente.  El desfase  generado  fue argumentado  por la multinacional  en orden  de problemas  de “ajustes” en la producción  en su planta de Bélgica. Una  circunstancia que retrasaría en tres o cuatro semanas, las dosis comprometidas con la Unión Europea.  La alarma se suscitó en la UE y ante  la intervención  de la presidenta Von der Leyen , la farmacéutica  Pfizer y el grupo   alemán BioNTech –desarrolladores de la vacuna-  tuvieron que comprometerse  a limitar a una sola semana el retraso de sus entregas previstas.  Aunque para ello tomaran la decisión de que donde  antes se extraían cinco dosis, ahora, por “eficacia” se conseguían seis.  Ganancia asegurada.

La globalización del mercado, y la extrema competencia entre países tiene estas cosas. Ya ocurrió  meses atrás cuando material   contratado en China –epis y respiradores- “desaparecía”  tras la llegada de  “ofertas competidoras” que convertían  la contratación en una “subasta”  de carácter mundial.        

En el Estado, las comunidades autónomas  que solo pensaron en la competición reclamaron del Gobierno de Sánchez  ser atendidos  para no perder  la eficacia  del fármaco. Y el ejecutivo socialista, por boca de su ministro Illa, atendió tal solicitud, premiando  la frivolidad  frente a la responsabilidad.

Por el contrario,  quienes como los responsables del Servicio Vasco de Salud  establecieron un protocolo de seguridad, salvaguardando la inmunización con la remesa de vacunas disponibles, tuvieron que sufrir el escarnio de la crítica continuada en medios de comunicación. Y también de la rapiña política de quienes han demostrado ser capaces de  criticar una cosa y su contraria en un abrir y cerrar de ojos. Los que acusan a los gobiernos de no actuar contundentemente  frente al incremento de contagios y, al mismo tiempo,  criminalizan a la Ertzaintza  por impedir  actuaciones incívicas  de quienes reniegan del cumplimiento de las ordenanzas en vigor  tendentes a reducir el impacto de la pandemia.

Estamos hartos ya de reproches  de brocha gorda de quienes pontifican sobre todo como charlatanes de mercadillo y en el colmo  de la ironía aconsejan a la policía  responder  a las provocaciones  de sus díscolos discípulos no con medios materiales  de defensa del orden establecido sino con “pedagogía”.

Su reprimenda de hoy repite mensaje.  Como siempre, para ellos, el Gobierno vasco  actúa “tarde”, “sin rigor”, “sin escuchar a nadie”, “sin planificación”. Desprestigian  para intentar incidir en una opinión pública  cada vez más fatigada por todo. Por la enfermedad, por las medidas restrictivas, por la falta de horizonte o por la limitación  en la expresión de la afectividad humana necesaria.

Calentar el ambiente en estas circunstancias  buscando el rédito político es imperdonable.  Tampoco ayudan –para nada- actitudes incalificables de quienes aprovechándose de su posición se saltan el protocolo establecido y se benefician de una vacuna.  Conductas  así  deben erradicarse  y quienes las practiquen , ser apartados de cualquier responsabilidad por incompatibilidad  con el principio de servicio público. Y por decencia.

Comportamientos aislados  perjudican  a la reputación de una entidad  como Osakidetza cuya solvencia  está firmemente acreditada. No en vano, el Servicio Vasco de Salud  ha vacunado de la gripe a 600.000 vascas y vascos  en apenas  dos meses.  Con tal experiencia y bagaje,  nuestras autoridades sanitarias anuncian que, siempre  que haya  dosis suficientes, 370.000 personas mayores de 70 años  estarán vacunadas ya en el mes de marzo.  Y si el flujo de fármacos  no se interrumpe, para el verano,  más de la mitad de la población de Euskadi podrá estar inmunizada ante la COVID.  Mientras tanto, esperando que lleguen  nuevas vacunas  -Johnson & Johnson, AstraZeneka-,  se sigue imponiendo el rigor y  la compostura social.

No olvidaré fácilmente  cuando escuché la última invocación a correr y no ser “puchi”.  El chaval en cuestión , yendo el primero del grupo miraba hacia atrás para situarse con ventaja. Cuando  creyó que  gozaba de una posición privilegiada pronunció  el reto. Al tiempo, se giró y comenzó a correr. Con la mala fortuna de no percatarse  de que delante de él  había una sólida farola.  En ella dejó dos dientes y, probablemente, las ganas de volver a decir lo de  “¡el último puchi!”

 

 

 

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