La Orquesta Moreno era, en sí misma, una atracción singular. A sus ritmos se han concitado historias de pasión, tardes de divertimiento, de frotamientos disimulados o barra libre a la imaginación. No. No era ni Sodoma ni Gomorra. Era el baile. En la plaza de Arizgoiti . Entre las instantáneas de Daniel, el retratista por antonomasia del municipio –bodas, comuniones, fotos de carnet- y el olor dulce de las carolinas de la pastelería Venecia sonaba la música encantando a las parejas como el flautista de Hamelin.
Allí, los fines de semana, la inigualable orquesta Moreno citaba a las parejas a bailar. Agarrados, semisuelto, pasodobles, valses y congas. Cuadrillas enteras convertían aquel chicharrillo en un acontecimiento social. Lo mismo ocurría en centenares de plazas de Euskadi. Sin más ocio organizado que la música callejera, aquello era una válvula de escape a tanta represión moral y de régimen nacional-católico. Vamos, a la “normalidad” de la época.
Yo llegué tarde – o no llegué- a aquella experiencia. Cuando dejé de usar pantalones cortos –que , por cierto, fue muy avanzada mi adolescencia – estaban en boga los locales oscuros con música y tragos. Muchos tragos. Con la temeridad de una juventud de SEAT 600 o 127 en el mejor de los casos, deambulábamos en cuadrilla hasta Igorre o Amorebieta. Sin abandonar los refugios locales ocupados hasta el cierre o hasta que nos echaran una vez sobrepasada la media noche. Casi la misma hora en la que los jóvenes de hoy quedan para salir.
Lo del baile no fue nunca conmigo. Mover el esqueleto con la generosa masa adiposa a él adherida que atesoraba con el tiempo no me ha motivado nunca. Como el correr, que siempre he pensado que era cosa de cobardes.
Cierto es que en más de una ocasión mis pies se han movido rítmicamente. Sin más estilo ni pretensión que cuando Gabi , Fofó, Miliki y Milikito, meneaban sus extremidades inferiores a un lado primero y luego al otro cantando lo de “hola don Pepito”. Total, un pato. Y es que, además, es algo en lo que no me veo. Ni en mi boda fui capaz de dar dos pasos consecuentes con el vals que pone punto final al papeo.
No me gusta. Ni agarrado, ni la vertiente atlética. Uno es como es. Anormal.
Pero mi fobia hacia el baile se acentúa cuando lo que se mueve son las cifras, o los compromisos. Hemos leído estos días titulares tales como “El mensaje del Rey triunfa en ETB” - logra un 24,4% de audiencia, el mejor registro de las televisiones de España (Diario Vasco). O “El mensaje del Rey supera marcas en ETB tras 25 años de boicot nacionalista” –ABC o cabecera estatal de Vocento-.
Visto así, mis felicitaciones a los rectores del Ente público, por el éxito de la nueva emisión. Líder en Euskadi y en todo el ranking de los canales autonómicos. Según los datos del Ente, 103.000 espectadores –el 24,4% de share-. Felicidades igualmente por el éxito de ETB1 que pese a emitir un documental repetidas veces visto duplicó con creces, a esa misma hora, la audiencia media obtenida por esta cadena el pasado mes, alcanzando el 6,5% de share.
El baile empieza cuando los responsables de EITB, tan encantados ellos de haberse conocido, ocultaron deliberadamente -no lo digo yo, lo dice EL Correo- los datos obtenidos por dicha cadena el pasado año y a la misma hora. Es decir, que omitieron cualquier posibilidad comparativa. Pero las hemerotecas y los datos, por mucho que bailen, siempre están ahí, para ser consultados. Y el “champán” del éxito se transformó en gaseosa al ver que el pasado año, ETB-2, había obtenido el 35,5% de audiencia en esa franja horaria (según mis datos) , cifras que el propio Ente rebajó en dos puntos cuando no tuvo más remedio que despertar de su amnesia. Ni más ni menos que 30.000 espectadores menos que hace un año. Éxito rotundo. Como para tirar cohetes.
Bailan también las cifras cuando para explicar el último Estudio General de Medios se compara la última ola encuestada en Radio Euskadi con la del año anterior y no con las dos muestras realizadas en este ejercicio 2009. La diferencia es exigua; en la comparativa oficial la radio pública “sólo” perdía 70.000 oyentes, mientras que en relación a las encuestas más recientes la caída de audiencia era de 106.000 y 98.000 oyentes respectivamente. Cifras que bailan y bailan para estimular las pasiones de cada cual.
A unos, a quienes la danza, ni la física ni la virtual nos motiva, tanto baile marea. A otros, a quienes se aferran al roce, al magreo y a la pasión ciega, tanto arrime sólo les puede provocar lo que a muchos jóvenes generaba el final interruptus del chicharrillo. Un calentón. O en el peor de los casos un doloroso ataque de orquitis transitoria.
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