sábado, 26 de diciembre de 2009

Nos salimos del mapa

Cada uno hace el ridículo como quiere. En mi caso, me he comprometido con seguir una terapia para intentar alcanzar la normalidad a medio plazo. Para ello, no sólo he visto en directo por la tele vasca el discurso navideño del Rey de España sino que, además, lo he grabado. Para los ratos libres. Que nadie me acuse de boicot o de hacer perder audiencia.

He tenido que poner un poco de orden en casa. Nadie quería perderse el evento. Ni que fuera la puesta de largo de la nueva nariz de Belén Esteban. Lástima de medidor de Sofres. No estaríamos ahora compitiendo con la “teletienda”.

El mensaje, sobrio. Regio. Monótono. Casi me convenció. Una pena que no acertara con el acento en el euskera. Un Borbón y un idioma preindoeuropeo son casi incompatibles. Total, que la pócima no hizo su efecto.

Un poco más de dosis. ¡Ya está!. Una pizca de vaticanismo. Al filo de la excomunión, no estaría de más una vela a Munilla. O a Ratzinger. Misa del Gallo. ¿A las diez de la noche?. Cuanto reformismo.

Sin apenas respiro, pasamos de Juan Carlos I a Benedicto. ¿Y Olentzero?. Desaparecido. Como Arantza Quiroga en “euskal gabonen kantua”.
La medicina no da resultado. Ningún síntoma de cambio. Sigo Neandertal total. O lo que es lo mismo, uno más del montón del euskobarómetro. “País” que diría Forges.

Pero para ridículo el espectáculo gubernamental en el caso del Guggenheim Urdaibai.
Impagable dislate. La pasada semana los informes de viabilidad que sustentaban el proyecto eran insuficientes. Era una amenaza contra la reserva de la biosfera. Un fraude cultural y económico en toda regla.

Días más tarde el cuento cambia. La idea es buena. También para Urdaibai. Pero sin la marca original. Y aquí empieza la feria convertida en festival del humor. Se acude al Guggenheim para pedir que el museo no sea Guggenheim. Se afirma que el patronato de la fundación bilbaina –propietaria de la idea, de los informes y de su propia planificación estratégica- no es el lugar más adecuado para tratar la materia. Se pide, se exige, a la Fundación que desdiga sus notas oficiales. Se desmienten sus acuerdos.

Es, pongamos el caso, como si alguien del grupo Vocento le dijera a DEIA que las páginas de su periódico dejaran de pertenecer a llevaran la cabecera de “El Correo”. Que su editorial lo escribiera el director de El Mundo. O que en su junta de accionistas presentaran no sus datos y balances sino los de Gara. Desternillante verdad?. Para mearse de la risa. Yo, por lo pronto, no me había reído tanto desde que vi la película “Mar adentro”.

Sólo nos faltaba conocer al productor del sainete. Y hete aquí que apareció como llovido del cielo.

Sabía que lo del “pazguato” o el “alicorto” tenía un copyright inconfundible. Pero toda la batería argumental de descrédito para con la fundación Guggenheim, la deslegitimación del proyecto de Urdaibai sin conocerlo o la tesis de autogestión vinculada al futuro de la pinacoteca bilbaína eran aportaciones intelectuales de desconocida autoría. Hasta el miércoles, fecha en la que el periódico “El Mundo” publicaba una extensa entrevista con Joseba Arregi.

El ex consejero de cultura se despachaba a gusto. Sobrado –como siempre-. Levitando. Como los místicos en conexión directa con la verdad absoluta. Con esa cercanía a la infalibilidad teológica que tanta simpatía recaba en quien osa a poner en duda sus tesis.

Ya tenemos el cuadro perfecto para un auto sacramental en el que , según parece, los paganos no tendremos derecho a disfrutar del paraíso. Cultural, por supuesto.

Menos mal que el sentido común, el menos común de los sentidos, me dice, que aquí tampoco hay mucho espacio para la “normalidad”. Y que el Guggenheim Urdaibai saldrá adelante, como un nuevo paraíso terrenal al servicio de la naturaleza, el arte y el desarrollo de nuestra comunidad.

He visto una foto de Ortuzar con txapela. Sí, la “funda-mental” que reclamaba en mi anterior escrito. Otro para el euskobarómetro. A este paso, en la siguiente encuesta seremos 11 de cada 10 los que desconfiemos del “cambio”. No me extraña. Si extrapolo el éxito que el mensaje de Su Majestad tuvo en mi casa, nos salimos del mapa.

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