El sábado hice pira. Se casaba un primo y dejé la campaña por una boda. Bueno, en las bodas y en las comuniones – que es el tiempo- también se puede hacer campaña. Pero, la verdad es que no pega demasiado.
Pese a mi habitual alergia a las ceremonias de este tipo, lo pasé bien. Lástima de climatología. El paraje, en la Bizkaia profunda, era inmejorable y los preparativos –misa, banquete, chufla, cena, más chufla…- cumplieron la expectativa.
La juventud, como siempre en estos casos, desatada. Pero con muy buen ambiente. Ambiente euskaldun. Sin estridencia. Sano y vaporoso, como el consumo de bebidas espirituosas (así las llaman ahora). Ida y vuelta en autobús. Seguridad ante todo. Salvo los que llevamos el coche y limitamos el trasiego de bebedizos, por protección propia y ajena.
Un arratiano me llamó “Koldito”. Enseguida entendí el guiño. Era uno de mis dos lectores de DEIA (el otro es mi madre que sufre con mis comentarios). Acepté la broma. No en vano, un votante potencial siempre es un indeciso a computar. Además de ser un buen hombre, tenía a su favor, que me conoció, siendo un crío, hace ya muchos años. Por eso le admití la licencia. Una vez y no más.
En la comida, una camarera debió identificarme rápidamente. Este pobre, debió pensar, con tanto “pan para hoy y para mañana” debe tener reseco. Qué mejor que conjugar pan con vino para andar el camino. Así que ¡vino va! Y el vino me cayó encima. Encima sí. Por el hombro, la manga, la camisa…. Suelto el corcho, la gravedad llevó el líquido a mi generosa figura. Boda bautizada.
Música entre plato y plato – a ritmo de triki y de dulzaina-. Paseillo discontinuo al club del fumador (a la puta calle) y vuelta. Discursos emotivos elocuentes de amistades sólidas. Lágrimas y abrazos. Y también besos. Para eso estaban los novios.
Por las escaleras corrían los niños. Esos preciosos querubines que dejarías en casa si pudieras.
Entrada la tarde, la etiqueta de primera hora, se convirtió en desaliño. Corbatas fuera, camisas fuera. Entusiasmo con orquestina.
Uno, en el balcón pretendió dar un mitin. ¿Un mitin aquí?. Al más puro estilo “Bienvenido mr. Marshall” apuntó maneras; “Vamos a hacer… –comenzó su aserto-
.-¿Qué? ¿Qué vas a hacer? respondió el público entregado.
.-Vamos a hacer un pueblo nuevo. No sé qué pueblo ni dónde ni cómo se llamará, pero haremos un pueblo nuevo. Ovación general.
Como idea no estaba mal, pero enseguida se lo llevaron de la balconada. Si hubiera hablado del pan, de piloto, de lo mejor o lo peor, hubiera tenido más gancho. Pero no era el día para retóricas ideologizadas.
Un riesgo del evento eran las fotos. Había que evitar las cámaras. A Patxi López en una boda en Cádiz le inmortalizaron con Paco el “Atómico” en pose post gintónica. Y, por si fuera poco, colgaron la foto en el “feisbuk”. Esto de las redes sociales es peligrosísimo. Seguro que las carga el diablo. Así que fotos las justas
Por suerte, todo finalizó bien. Unos acabaron antes que otros y como escena singular, antecedente del desparrame final, fue un coro. En Euskadi, después de comer y beber bien siempre se canta. Y cantamos. O así lo pretendimos. “En el monte Gorbea, en lo más alto hay una cruz de amor…” Coro a dieciocho voces. Voces mixtas. Una de canario, otra de jilguero, de pardillo… Una voz por cada participante. Fracaso musical, éxito comunitario.
Omer e Iratxe celebraron su día. Pese a todos los problemas que nos aturden, aquella jornada fue distinta para ellos y unos cuantos familiares y amigos más.
La ilusión es necesaria. Imprescindible diría yo. Sin ella no podríamos afrontar ningún desafío. Me quedé con la idea.
Un compañero de partido me enviaba un mensaje sms pidiéndome ayuda para el día siguiente. “Necesito unas ideas para un mitin mañana en Gordexola”. Eran las 22,00 horas y yo de boda. “Ilusión y que vivan los novios” respondí.
Taché la hoja del calendario. Uno más. Ya falta menos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario