miércoles, 11 de mayo de 2011

MIS MITINES Y EL "TÍO" PACO

En toda mi actividad política, sólo he intervenido en dos mítines. (las arengas de sobremesa o los monólogos encendidos provocados por los vapores gintonicos no cuentan) . Dos tan sólo. Ambos en Basauri y en mi mocedad militante.

Recuerdo que entre ambos no hubo gran distancia temporal y que correspondían a dos elecciones diferentes (municipales y generales creo). Mis dos encendidos discurso tuvieron como foro el viejo –hoy nuevo- cine Social.

En mi estreno lucí jersey rojo. Nuevo nuevísimo. En el escenario, que yo recuerde, Fede Bergaretxe , Mitxel Unzueta y Jose Luis Robles. El joven de EGI, el primero. Y allí salí yo con dos folios y medio, escritos a máquina. Una de aquellas olivettis portátiles cuyas letras se desajustaban en el papel dependiendo de la violencia del golpe digital.

Miré al público y el patio de butacas estaba abarrotado. Hasta en el exterior había gente escuchando por la megafonía. Acojono total. Arranqué, ya me costó.

Leí como si me persiguieran. Solo cuando me dirigí a Martín Villa, por entonces ministro de Interior o de Gobernación, cogí tono. “Menos pistola, más ikastolas”. Era la traslación de un grito de calle provocado por la cera indiscriminada que los “grises” o los “marrones” repartían por entonces. Ovación atronadora. El público entregado. Terminé mis seis minutos encantado. Bajé a la butaca como un campeón.

Pronto me bajó el ánimo. Desde mitad del auditorio se levantó un hombre austero. El mitin continuaba. Era delgado, con gafas oscuras. Un hombre mayor, trajeado –el traje era para muchos un signo no de distinción sino de esconder una penuria no declarada-. Le conocí al instante. Era el tío Paco.

Era mi tío sí, pero en segundo término. Había estado casado con la “tía Agustina”, una hermana de mi amama (luego era tío de mi madre). “Paco” Agirre vivía en un lúgubre piso de Urbi, la zona industrial. Un tercer piso oscuro. Junto al portal, había una bodeguilla en la que los trabajadores de los turnos de la Firestone le daban al orujo y al “solysombra”. Por el techo de su casa, a la que había acudido de niño, se escuchaban las carreras de las ratas.

El tío “Paco” cruzó el cine hasta la primera fila donde yo estaba. Se me acercó. Tenía lágrimas que le caían por los extremos de aquellas gafas verdes. Se agachó y sin que me diera opción me dio dos besos. “Koldito –me dijo- me has emocionado”.

Yo pensé, “tierra, trágame”. Me había dado dos besos delante de todo el mundo. ¡Dos besos!.Y para mayor vergüenza, me había llamado “Koldito” –diminutivo que sólo admito a mi tía Belén-. Me hundió en la miseria. Mi “ego”, que había bajado triunfante del escenario, se había deshinchado como un globo.

El segundo mitin fue algo más de lo mismo. En lugar de dos cuartillas y media, esta vez leí tres. Menos acierto en los eslóganes, menos calor popular, pero, al fin y al cabo, misión cumplida. Tras mi intervención, tomó la palabra el Lehendakari Leizaola (que gran hombre!). Tomó la palabra y no la soltó. Hizo una historia general ilustrada de Basauri. Desde el castro caristio existente en la cima de Malmasin hasta el camino real y el llamado “jaro de los arandinos” como acceso a la Meseta hasta la “Batalla de Padura”. No he visto discurso más largo en mi vida. Fede Bergaretxe tuvo que abandonar la mesa presidencial y, por detrás del telón, desde la esquina, dirigirse al Lehendakari zaharra señalándole el reloj. Leizaola, se volvió y dijo a los presentes; “parece que me he alargado un poco. Seguiré en otro momento”. Y acabó. Acabó ovacionado, no se bien si por terminar, por reverencia personal o por convicción del público.


La historia del primer mitin y el “tío Paco” se repitió en este encuentro. Entonces decidí no volver a hablar en público.

Han pasado treinta años de aquello. Con la perspectiva de ese tiempo he conseguido darle sentido, y mi vergüenza de entonces le he convertido en orgullo. Paco Agirre fue un gudari que perdió la juventud en una guerra a la que se apuntó para defender a su país. Vivió o malvivió la represión posterior de persecución y escarnio. Trabajó hasta que pudo, como vigilante de la empresa “Guinea hermanos”. Murió en la democracia, olvidado y sólo. Y encontró en el discurso de aquel joven que conocía, el eslabón que le unía a su cadena. Él, como muchos y muchas, hizo con su dignidad nunca perdida, que construyéramos este país día a día. Sin exhibiciones. Sin tener que medir el índice de abertzalismo en cada momento.

Hoy, quienes llegan 34 años tarde a ese encuentro de la nación vasca a pie de obra, tienen que subir hasta el tercer piso de un andamio para poder gritar “Gora Euskadi askatuta”. Suben hasta allí porque el edificio básico está en pie. En pie y sólidamente edificado pese a ellos, que en más una ocasión han pretendido su demolición.


Bienvenidos al tajo. Ahora tienen ocasión de demostrar si son capaces de unir argamasa y ladrillos para que la casa alcance la altura suficiente y culmine su estructura. Les queremos ver remangados, con el buzo de labor y demostrando sus habilidades. Faena hay cantidad. ¿Estarán dispuestos?.

 
Yo, estoy dispuesto a romper mi promesa de no participar en más mítines. Pero, si llegado el momento lo hago, por favor, que nadie me bese. Aunque sea para reconfortar mi torpeza.

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