viernes, 26 de octubre de 2012

UN PAR DE ZAPATOS


Tengo que deshacerme de un par de zapatos. No termino de llevarlos a la basura. Alguno diría que mejor reciclarlos o entregarlos en los servicios de recogida de ropa usada para que quienes los necesiten puedan hacer uso de ellos. Pero no creo que sirvan. Además, los zapatos son algo personal y de muy difícil encaje entre usuarios diferentes. Más allá de las cuestiones higiénicas,  el calzado termina por adaptarse al pie y a la forma de caminar de cada cual. Se “hace” al portador y su forma es como si fuera una representación externa de la personalidad de quien lo ha usado durante un tiempo.

En mi caso, estos zapatos,  llevan conmigo unos cuantos años. Los tengo que jubilar, porque su desgaste –ya no tienen dibujo en la suela y ésta es tan fina  que parece transparente- me puede generar algún disgusto. Sin ir más lejos, ayer casi me rompo la crisma al ir a comprar el pan.

Este par ha llegado a su fin, pero me resisto. No es que sean bonitos – al contrario son más bien toscos- y por combinar, no combinan con nada. Pero me siento cómodo con ellos. Ni aprietan ni molestan. Es como si nos llevara puestos y esa es una de las mejores funciones que tengo en cuenta a la hora de elegir mi calzado. Bueno lo cierto es que, para hacer compras, soy casi más rápido que Usain Bolt. Muy del país.  Cuando ya no queda más remedio, accedo a una de esas tiendas que presentan rebajas permanentes. Miro los pares disponibles de mi talla. Me pruebo dos y, si no molestan,  me los llevo. Sí, ya sé que es una actuación un tanto inconsciente, pero eso de pedir que te saquen otro par,  dar un paseíto, utilizar el calzador, mirar en el espejo, dar otra vuelta y quedarte mirando como un bobo  como si los zapatos hablaran, me parece una pérdida de tiempo.

Por eso me llevo sorpresas desagradables. Calzados  aparente placenteros me han descubierto que en mis pies también había juanetes y  que estos se rebelaban ante el nuevo material tras horas de uso  sin rodaje.

Antaño, y rememorando el concepto de “economía real”, mi madre, y yo mismo después,  utilizábamos la técnica de comprar zapatos dos tallas superiores a las necesarias. Se rellenaba la puntera con algodón –yo metía papeles-  y así los mocasines duraban tres o cuatro temporadas.  Eso era la regla general. Hasta que mi hermano fue a comulgar el día de su primera comunión arrastrando los pies y volvió del altar descalzo. Fue como si la primera hostia hubiera obrado en él el milagro de encontrar el buen camino. La realidad es que aquellos zapatos eran demasiado grandes.  La “economía real” también provocaba el efecto contrario y la mercromina y las tiritas  suplieron en más de una ocasión las consecuencias de un calzado demasiado justo. Y es que mientras las personas evolucionamos y nuestros pies también,  los zapatos no. No crecen, aunque los mojemos y estiremos  como  Torquemada a los herejes en el potro de tortura.  (Una vez me metí en una bañera con agua para tratar de que unas piezas acordonadas cedieran  y lo único que cedieron fueron mis uñas, reblandecidas por el líquido elemento y presionadas por la puntera).

No me queda otra.  Tendré que despedirme de ese par de zapatos que me han acompañado gozosamente estos años y sustituirlos por otros que me ayuden a superar los pasos que me aguarde el destino.

Algo parecido le debe estar pasando a Iñigo Urkullu. Desde el pasado domingo, Urkullu está obligado a recorrer un camino diferente al que hasta ahora ha transitado. La responsabilidad conferida por una mayoría de la ciudadanía, que ha confiado en él para dirigir institucionalmente este país, le sitúan en un desafío novedoso, por él nunca explorado.  Si no hay sorpresas que nadie desea, se convertirá en el próximo lehendakari de Euskadi. El lehendakari de un país en crisis. De un gobierno en crisis. De una sociedad que espera de él  verdad, sacrificio y esperanza. 

Él ha repetido en campaña que tendrá los pies en el suelo. Uno delante del otro para avanzar. Y que, si es preciso,  hará que su ritmo de marcha sea más lento del que pudiera imprimir a sus pasos para que nadie se quede atrás,  tirado al borde del camino.

Resulta claro que para ese trayecto, Urkullu no necesita zapatos de charol. No es tiempo de bailes ni de festejos. Pero tampoco  rudas botas  de monte que encorseten sus movimientos. Las botas no son buenas para conducir pues minoran la sensibilidad  de los pies para acelerar o reducir la marcha.

El momento, exige equilibrio. Fina suela antideslizante que le permita dar zancadas seguras, a sabiendas de que, pese a la irregularidad del firme, no perderá la estabilidad.  Material flexible, que le posibilite  adaptarse a cualquier terreno. Y, al mismo tiempo, un ajuste acordonado, que haga de su zapato una prolongación natural de su pie, de su cuerpo y  de su creencia motriz.

Malos tiempos para la lírica. Demasiados charcos para no mojarse. No va a ser  ni se lo van a poner fácil.  Pero seguro que Urkullu  es capaz de encontrar los zapatos adecuados para iniciar el viaje que la sociedad vasca le ha confiado emprender.

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