sábado, 9 de febrero de 2019

PELIGRO, ALTA TENSIÓN


A veces pienso que empiezo a estar desfasado. Como fuera de catálogo. Y es que es verdad  que el mundo evoluciona a velocidad supersónica.

A los que como yo empezamos a tener una edad, nos cuesta incorporarnos al pensamiento y a las costumbres del momento. Vivimos más acorde al siglo pasado que a éste y nos quedamos perplejos  ante la incomprensión  que algunos de nuestros recuerdos  provocan, por ejemplo, entre los “millennials”, esa generación  que según  los entendidos tiene entre los 16 y 36 años.

Es fácil identificar a un individuo  perteneciente a este catálogo. Basta  con contar  uno de tus recuerdos  para darte cuenta de que el individuo en cuestión te mira como las vascas al tren. No saben de qué les hablas. Es como si su disco duro  se hubiera formateado con posterioridad a la información que les suministras  y todo lo que dices le resulta ignoto, desconocido, insospechado y, además,  inútil.

La última vez que tuve esta experiencia de sentirme tan antiguo como el hilo negro aconteció el pasado lunes. El hijo de un amigo acababa de licenciarse en periodismo y le cuestioné por sus preferencias  profesionales y referentes individuales. Fue en ese preciso momento cuando, al mencionar el nombre de  diversos periodistas de prestigio, el “recién llegado”  al mundo de la comunicación se encogió de hombros. Había citado entre otros, y vinculándolo a la radio deportiva a Jose María García.  Para el chaval fue como si nombrara a un marciano. “¿Qué no sabes quien es Jose María García?” –exclamé extrañado-.  “Sí hombre –apostillé-. “Butanito”. Estímulo negativo. Como quien oye llover.

Para intentar refrescar  su recuerdo empecé a imitar aquel  “monstruo” de la comunicación. “Ojo al dato –dije con retintín-. Pablo, Pablito, Pablete”. El nuevo periodista ni parpadeó.  Así que no tuve más remedio que contextualizar al personaje; un rutilante locutor y comunicador  famoso  por sus chanzas radiofónicas , su agresividad y por los insultos inventados a  diestro y siniestro. Hoy, aquellas ocurrencias suenan a conocidas pero entonces, la innovación  léxica de “supergarcía”  causó furor. Suyos son los “abrazafarolas”, los  "chupópteros", “cantamañanas”, “correveidiles”, “lametraserillos”, los “estómagos agradecidos”… Todo un catálogo  de “descalificativos” que por entonces hacían gracia y retrataban, más que a los ofendidos, al  emisor de tales pullas.

Fue entonces cuando el joven redactor  sin memoria  ni referencias reaccionó. “Ya, ese García debió ser el maestro de Pablo Casado”.  Glub. Tierra trágame –pensé para mis adentros- . O bien visto, quizá aquel chaval tenía razón.

Me acordé de la rueda de prensa que el presidente del PP había dado el miércoles en Cuenca. Hacía tiempo que no había visto nada igual. Desatado, con premeditación y alevosía, Pablo Casado cargó contra Pedro Sánchez como nunca lo había hecho. En su inflamada sobreactuación, pude contar hasta diecinueve insultos dirigidos al inquilino de la Moncloa. “Traidor”. “Felón”. “Ilegítimo”. “Chantajeado”. “Deslegitimado”. “Mentiroso compulsivo”. “Ridículo”. “Adalid de la ruptura en España”. “Irresponsable”. “Incapaz”. “Desleal”. “Catástrofe”. “Ególatra”. “Chovinista del poder”. ”Rehén”. “Escarnio para España”. “Incompetente”. “Mediocre”. “Okupa”.

Después de la “vomitona”, quienes asistieron a la comparecencia pública del líder popular  le preguntaron  por la dureza  de sus adjetivos pero Casado  negó la mayor. “Esto no son calificaciones, son descripciones”.

Este lamentable episodio tenía como origen  la decisión del gobierno español de admitir la búsqueda de un “relator”  que intermediara  en el diálogo pendiente con las fuerzas políticas catalanas de cara a posibilitar un desencalle de la grave crisis institucional y política  que desde hace unos años vive el Estado. Una figura externa, utilizada en múltiples ocasiones  y por diferentes gobiernos –también por el PP de Aznar y Rajoy- para “engrasar” posibles soluciones a  desavenencias atascadas. Y la crisis del Estado con Catalunya lleva bloqueada mucho tiempo y solo podrá encontrar vías de solución a través del diálogo, el respeto democrático y la acción política.

Error o no en la estrategia de comunicación del ejecutivo socialista, la olla a presión  de la política española  se recalentaba  hasta extremos no conocidos en los últimos tiempos. No mencionaré las reacciones que este episodio ha provocado entre los propios socialistas.  Creo que  esa “vieja guardia” de baronías y jarrones chinos debería dejar de mirarse al ombligo y a sus propios intereses pero  de sus indecentes críticas será el propio PSOE quien deba ocuparse.
 


Lo realmente preocupante ha sido  la reacción combinada de la triple alianza populista.  La confluencia de las derechas  convocaba a los españoles a “salir a la calle”  contra “la humillación de Sánchez” y para “echarle” del gobierno.  El diario “Abc”  fiel reflejo  del ambiente de confrontación  publicaba una portada en la que situaba conjuntamente  la imagen de Casado, Rivera y Abascal  (PP, CS y VOX) movilizados “contra la traición de Sánchez”.  Mañana domingo es la cita, en la madrileña plaza de Colón, a la sombra de una bandera rojigualda de 294 metros cuadrados (ellos no son “nacionalistas” españoles) y con los autobuses pagados por el PP de la Gürtell.

 Lo cierto es que, sin afán de alarmismo, la actual coyuntura política en el Estado encuentra similitudes (nefastas diría yo) con otro momento histórico  de infausto recuerdo.  Fue el tiempo transcurrido entre noviembre de 1933 y febrero de 1936,  conocido como “Bienio negro”. Durante ese período, la segunda república vivió  avatares convulsos. La unión de las derechas  (Partido Republicano Radical de Lerroux y la CEDA de Gil Robles) provocó  una involución  democrática con la paralización de las reformas educativas, agraria y militar. Se  intensificó  el enfrentamiento  político. También con los nacionalistas vascos y catalanes. La tensión  y la ruptura llegó a tal punto que en ese “calentamiento” se produjo  la “revolución de octubre” con especial incidencia en Asturias, mientras que  en Catalunya, Lluis Companys  proclamaba  el “Estat catalá”

La tensión acabó con la intervención cruenta del ejército. Más de mil trescientos muertos, treinta mil detenidos  y los principales dirigentes  políticos encarcelados. Companys fue juzgado y condenado por rebelión. Salió de la cárcel amnistiado tras la victoria del Frente Popular.

En aquellas terribles circunstancias, el mismo diario madrileño que hoy llama a la confluencia de las derechas, lo hacía con el siguiente mensaje;  No una política, ni siquiera una forma de Gobierno va a substanciarse en los comicios próximos, sino la existencia misma de España como país unido y como país fiel a la civilización.” Para afrontar dicho desafío, la “ABC” de entonces, como la de hoy, propugnaba la unidad de los “caudillos”. “Unión de los caudillos, elevación de propósitos, valor cívico, confianza en el pueblo, efusión entre todos los partidos defensores de la nacionalidad, que olvidan sus diferencias adjetivas ante el imperativo de esta guerra de independencia. Todos estos signos, que aparecen al iniciarse la campaña electoral, son buen augurio para los resultados de esta batalla decisiva”.


Tomen buena nota del precedente los desmemoriados.  Y afánense los dirigentes públicos por no inflamar aún más el ambiente.  Los problemas políticos  enquistados  no se solucionan elevando la temperatura de las pasiones  o haciendo llamamientos a las más recias esencias  del “palo y tentetieso”. 


La tozuda realidad lo demuestra, y como exponente incontestable el comienzo del juicio al “Procés” que a partir del próximo martes desarrollará el Tribunal Supremo. De los doce acusados que se sentarán en el banquillo, nueve  llevan más de un año en prisión provisional en una actitud  procesal insólita de venganza. Nos enfrentamos, en definitiva, a un sumario  injusto. Nadie salvo la judicatura, la fiscalía y la abogacía del Estado en España –no así en Alemania, Reino Unido, Belgica o Suiza- ha visto ni rebelión ni sedición entre los acusados.  Porque ni en el “procés” hubo violencia, ni se subvirtió el orden constitucional porque, como está probado, Catalunya no es hoy una república.


Alguien deberá explicar por qué a poner urnas en Catalunya se le llama “golpismo” y reclamar que se haga en Venezuela o en España –“elecciones ya”- es un ejercicio democrático.


El momento que nos toca vivir  augura episodios peligrosos de alta tensión. Aprendamos del pasado para evitar un incendio  que nos abrase a todos.

 

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