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viernes, 1 de octubre de 2010

LA IGLESIA DISTANCIADA


Llevo tiempo distanciado de la Iglesia Católica. Sí, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.

Vista mi experiencia con perspectiva, la verdad es que mi relación con la religión y con sus instituciones siempre fue muy materialista.

De chaval fui monaguillo vacacional. Sí vacacional que no vocacional. Aprovechaba los meses de verano en la “ancha Castilla” para acercar mi alma pecadora por la iglesia. Mis visitas eran frecuentes, habituales mejor dicho. Mi función, asistir al párroco, un facha de tomo y lomo que había participado en la “cruzada” y que guardaba palio a las autoridades del “Movimiento” y la “Sección femenina”.

Aquel huesudo pastor falangista de sotana abotonada y mirada perdida era el terror de los niños del lugar. ¡Qué pescozones, qué pellizcos dolorosos propinaba a los díscolos muchachos en aquellas clases de religión que impartía en el pueblo!. Era como un grajo picajoso y estridente que compartía casa con quien yo creía era su hermana. Una mujer calcada a su figura que, años más tarde, supe no guardaba parentesco alguno con el presbítero.

¿Qué se me perdió a mí con tal curioso personaje?. El instinto pícaro de mejora terrenal.

Si iba a misa, me libraba de los recados y restaba tiempo a las sesiones de dictados y cuentas. Además, encontré otros alicientes. Enfundado en aquella túnica roja con blusón blanco, un niño rollizo como yo simulaba un querubín. Un querubín que antes y después del oficio le pegaba unos tragos a la botella de vino dulce que dejaban temblando la garrafa. Querubín que, tras pasar aquella pesada bandeja de plata entre los fieles –no muchos y bastante agarrados- siempre hacía desaparecer, por designio divino, una y hasta dos monedas que iban a parar a mi bolsillo. Querubín que por “buen comportamiento” recibía, además, una propinita del singular cura.

Mi relación se quebró cuando fueron las viejas beatas las que empezaron a pasar el cepillo y cuando el vaporoso vino fue guardado bajo llave. Bastó que, en uno de los incendiarios sermones, aquel cura nacionalcatolicista, equiparara a los vascos con los terroristas para que, en un ataque de dignidad, dimitiera. Rompí con la iglesia. Bueno, seguí asistiendo a un colegio de frailes, pero eso también tenía su explicación. Mi padre tenía dos hermanos religiosos (no uno sino dos), lo cual hacía que mi educación, y la de toda la saga, resultara gratuita o casi. Que cuatro vástagos de un trabajador autónomo disfrutaran de la educación de uno de los mejores colegios de Bilbao fue como un milagro en mi familia. Y los milagros no deben discutirse.

Lo cierto es que, entre una cosa y otra –el distanciamiento de la iglesia de la realidad social, la falta de autocrítica, el retorno a posiciones ultraconservadoras, la no adecuación del culto a los nuevos tiempos, etc- me fui separando de la Iglesia como institución. Mi divorcio es tal que , salvo en bodas o funerales (fundamentalmente), no suelo frecuentar ya la Casa del Señor. A veces, me entra el mono de incienso. Y cuando esto ocurre voy a un mercadillo, compro una pastillas artesanales y las prendo fuego en un ambiente íntimo. Santo remedio.

Mi abandono del rito puede ser anecdótico y no es síntoma de nada, salvo de una posición personal de escepticismo.

La mayoría de las organizaciones y entidades vinculadas al pensamiento y al comportamiento humano, tienen ante sí el reto de acomodar su liturgia y su doctrina al trepidante cambio social producido a su alrededor. Partidos políticos, sindicatos, instituciones, gobiernos, tienen ante sí la imperiosa necesidad de un aggiornamiento continuado para no perder comba con la sociedad. La iglesia, como estructura, también necesita de esa adecuación, una “Perestroika y Glasnost” ineludible si quiere seguir manteniendo su ámbito de influencia en el mundo occidental.

En el caso de la Iglesia Vasca, esa necesidad de cambio se hace más patente por el profundo malestar causado por las decisiones impuestas desde la Curia Vaticana, influenciada por la Conferencia Episcopal española. El nombramiento en su día de Ricardo Blázquez, la designación de Munilla en la diócesis de San Sebastián y la próxima toma de posesión de Iceta como obispo de Bilbao evidencian una estrategia calculada por impulsar, a su modo, la tan traída y llevada “normalización” a Euskadi.

Un total de seiscientos sacerdotes, religiosos y laicos han suscrito un documento en el que solicitan de Iceta participación y democracia. “Lejos de toda pretensión restauracionista y de toda añoranza de la época de cristiandad –señala la epístola-, quisiéramos avanzar en este tercer milenio presididos por un obispo que no tenga miedo, que respete y cuente con su diócesis para que la Iglesia siga siendo Sacramento de Salvación en este tiempo y en medio de este Pueblo”.

Iceta no es Munilla. Representa otros valores mucho más adocenados para ser un “contrarreformista”. Su principal virtud, según quienes le conocen bien, es el de saber “mimetizarse” con el entorno. De ahí su inteligencia. Efecto “corcho”. Siempre a flote. Se atribuye a Pío Cabanillas la cita de “ganaremos, no sé quienes, pero ganaremos”. Ante el tono de la revuelta y la amenaza de cisma, Iceta, como buen superviviente, se sumará a la manifestación. Es lo mejor que puede hacer. De lo contrario, alejará un poco más la Iglesia de los parroquianos. De mí, seguro.

viernes, 15 de enero de 2010

Pukinuki- Pukinuki



Una de las cosas que más me pone es recibir mensajitos en el móvil durante la celebración de las fiestas navideñas. Me motiva, me excita, me pone…de una mala gaita, que no hay pulsera mágica que equilibre los efectos del tintineo continuado de “mensaje recibido”.

Entiendo que en fechas tan señaladas afloren los buenos deseos y todo el mundo quiera reconciliarse con el listín guardado en su aparato telefónico. Es como si, de repente, hiciésemos borrón y cuenta nueva con los avatares vividos hasta el último minuto y las bajas pasiones dieran paso a la arcadia feliz de una sociedad de ángeles y querubines.

En el pasado, en el boom de “hola soy edu , feliz navidad”, quien esto escribe también ha participado en el colapso radioeléctrico. Como un pazguato común he contribuido al gozo y al negocio de las empresas operadoras de telefonía. Pero son ya dos años los que me declarado “objetor del sms” en Navidad.

Quizá yo también tenga “problemas de comunicación”. No lo dudo. Para evitarlo, me di de alta en “facebook” pero cuando vi que era una lata contestar a tanto amiguito de última hora me rilé. Entre otras cosas porque en la red había tanto pelma, con tanto rollo, que terminé con agujetas en las meninges.

“Las redes sociales –me decían mis asesores- son para asociarte con amigos”. Y yo, cada vez que recibía una petición de amistad, la rechazaba. Así, cuando me di cuenta de que era el único usuario de Faceebock sin amigos y sin intención de tenerlos, me borré del sistema. El “rara avis” se esfumó, sin que nadie se enterara (ni falta que hacía).

Mirarse a si mismo es un síntoma de narcisismo (conocí a un personaje que se llamaba Casimiro Amiano al que todos llamaban el “contorsionista”) y entre narciso o globero, perdón, bloguero, opté por esto último.

Volviendo a lo de los mensajes telefónicos, los he visto de todas las clases. De plantilla (los que ya vienen hechos). Los sosos (“Zorionak eta urte berri on”). Los ocurrentes (“Txori onak eta urte gorrión”). Los imaginativos (“házme una perdida…semental”) y los graciosos (“Nik ere lehenkariaren mesua ikusi nuen etb-1ean. Firmado: Ci-Cerón”).

En este campo, como en todos los generados por la actividad humana, la moda o las costumbres tribales condicionan comportamientos. Así, los frikis constituyen un colectivo que sobresale de la media. Lo culto y lo trivial conviven en un único plano. Lo casposo y el glamour, el sintasol y la cristalería de bohemia, el caviar de beluga y el bocadillo de calamares son combinaciones modernas de un paisanaje de vanguardia que cada día gana más adeptos y más espacio público.

Cualquiera puede ser un friki. Agamenón o su porquero. Todo depende del revestimiento de la impostura o del nivel de protección que sobre su condición personal o pública exista.

Vaya por delante que a mí los frikis me parecen respetabilísimos. Y que admiro ese don que con tanta naturalidad expresan, capaz de esbozar sonrisas contagiosas aún en las condiciones más adversas de severidad y crisis.

Digo todo esto porque he leído un mensaje navideño en un teléfono móvil que me ha despertado de la monotonía. Este año será una caja de sorpresas – Forrest Gump hablaba de las sorpresas de las cajas de bombones-. Una caja, como la de Pandora en la que, cuando menos lo esperemos, insospechados protagonistas se prodigarán en intervenciones insólitas capaces de convertir el drama en comedia.

Veremos entonces que sus problemas no se sustentan en la mala comunicación (problemas de comunicación con el 95% de los medios a favor?) ni en el escaso eco que sus palabras y obras.

El sms en cuestión que ha motivado este comentario, enviado por un conocido y reconocido personaje público, pretendía ser un christma navideño tradicional. Pero su parte final es todo un monumento a la innovación comunicativa: “Felicidades. PUKINUKI- PUKINUKI”.

Toma, toma y toma, que diría el Borja de “Que vida más triste”. ¡Qué nivel Maribel!, que diría yo.

Post: El Obispo Munilla, con báculo y mitra, se apunta “primer” si hacemos un “hit parade” de ocurrencias. Sus declaraciones en relación a la tragedia de Haití prometen emociones fuertes. La normalización no nos va a aburrir. Pukinuki-Pukinuki