Ezker Batua ha iniciado su refundación. Desde hace un tiempo su denominación ha cambiado. Ahora es Ezker Banatua. Sí, Izquierda Desunida.
No me regocijo con ello. Al contrario. Lamento profundamente la trifulca y el escándalo que tienen dentro. Una pugna fratricida en la que los conceptos ideológicos pasan a un segundo plano y todo se dirime a mamporros.
Antes de nada, quiero decir que respeto profundamente las decisiones y las vicisitudes de una formación política que es muy libre, por ella misma, de agrupar fuerzas o hacerse el harakiri colectivo. Cada cual, de lo suyo gasta.
Pero, ante el desolador espectáculo que estamos asistiendo los observadores ajenos, dos consideraciones:
Primera, que quienes creímos durante un tiempo en la “progresía buenoide” de una formación que siempre se situaba del lado de la transparencia política, del “lado de los desfavorecidos” y de la paz mundial, nos hemos sentido profundamente engañados por la praxis materialista y corrosiva de quienes han buscado el beneficio propio en lugar de la sintonía programática en la última negociación política producida en Araba. Una práctica absolutamente deleznable y ruin que ha dado como consecuencia inmediata el gobierno del territorio al Partido Popular.
No puedo olvidar las clases magistrales de “pureza democrática” que durante años ha impartido Javier Madrazo desde su atalaya angelical de catequesis izquierdista. Durante años hemos tenido que soportar lecciones morales de quien se reivindicaba paradigma de la templanza y de la castidad política. Redentorismo a un lado y látigo al otro a la hora de aplicar su política.
Servicios públicos en la teoría y gestión privada en la otra. Con un departamento sin funcionarios, plagado de asesores, voluntades inquebrantables que hicieron y deshicieron a su antojo so pretexto del “cauce central”. Discurso y práctica. Progresía y centralismo dedocrático.
Hoy, sin el manto de la púrpura, los mismos que embelesaron a tantos con un relato inmaculado de camino medio y de templanza, se han visto retratados en su desnudez de seres mortales frágiles y también corruptibles. Cuanta miseria destapada en un instante.
Y en esta versión de realidad, también debemos – y yo el primero- entonar el “mea culpa” por haber mirado a otro lado cuando quienes hoy airean sus miserias nos acompañaron en el viaje de un gobierno que no fue uno sino tres y cuyas responsabilidades no se compartían sino que se aplicaba aquella máxima de “laissez faire, laissez passer”, so pretexto, lo reitero, del “cauce central”.
Por lo tanto, me siento engañado, profundamente molesto por la actitud de quienes han demostrado que su interpretación del servicio público comenzaba y terminaba por conjugar “yo, me, mi, conmigo”.
Y una segunda consideración. No siempre Caín mató a Abel. El canibalismo político distorsiona la imagen de los conflictos internos. En el PNV lo sabemos por experiencia. Hemos vivido secuencias dolorosísimas en las que la imagen exterior que ha trascendido nada tenía que ver con los episodios padecidos dentro la propia casa.
Se ha achacado a enfrentamientos ideológicos como causas de las rupturas, cuando, con la perspectiva del tiempo, se demuestra que fueron más las actitudes particulares las que armaron la confrontación que las ideas propiamente dichas. Por eso digo que no siempre Caín mató a Abel.
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Nuestra historia reciente ha marcado de cicatrices el corpus de una organización centenaria que, a pesar de las calamidades, ha sabido siempre sobreponerse.
Sin duda alguna los conflictos internos son los que más daño generan. No hay peor cuña que la de la propia madera. Hemos padecido ataques de Caín y también de Abel y todos ellos me han llevado a creer que de la fragmentación jamás surge la unión.
Ezker Batua está en esa fase autodestructiva en la que no habrá ni vencedores ni vencidos. Todos serán derrotados.
Mikel Arana se ha aprestado a pedir perdón a la sociedad vasca por el escándalo por ellos provocado. Acepto, en lo que me corresponde, sus disculpas.
Madrazo no ha dicho ni pío. Y quizá sea él quien más tenga que decir.
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